UN PAVO REAL EN APUROS
En mi bachillerato, en el colegio San Luis Gonzaga, participaba con gran orgullo en la banda de guerra tocando la corneta. Éramos entrenados por un viejo y pobre expolicía llamado Zabulón, un hombre medio cojo, flaco, de triste figura, cuya apariencia empeoró cuando comenzó a perder los dientes delanteros. Cada año le resultaba más difícil tocar; intentaba hacerlo apoyándose en los dientes que le quedaban y en un colmillo, desplazando la boquilla en busca de un punto firme. Al final parecía que tocaba el instrumento con la oreja. La banda se lucía en todas las procesiones y desfiles. Al terminar las ceremonias salíamos, como pavos reales, a exhibirnos ante las niñas de los colegios de clase alta. No dejábamos de caminar por las calles principales pese al cansancio. Los apuros comenzaban con el moralismo de la época y la omnipresencia del pecado. Para los jóvenes prácticamente el único mandamiento de la Ley de Dios era el sexto: no fornicar. Todo esto era aún más marcado para los ...