UN PAVO REAL EN APUROS
En mi bachillerato, en el colegio San Luis Gonzaga, participaba con gran orgullo en la banda de guerra tocando la corneta. Éramos entrenados por un viejo y pobre expolicía llamado Zabulón, un hombre medio cojo, flaco, de triste figura, cuya apariencia empeoró cuando comenzó a perder los dientes delanteros. Cada año le resultaba más difícil tocar; intentaba hacerlo apoyándose en los dientes que le quedaban y en un colmillo, desplazando la boquilla en busca de un punto firme. Al final parecía que tocaba el instrumento con la oreja.
La banda se lucía en todas las procesiones y desfiles. Al terminar las ceremonias salíamos, como pavos reales, a exhibirnos ante las niñas de los colegios de clase alta. No dejábamos de caminar por las calles principales pese al cansancio.
Los apuros comenzaban con el moralismo de la época y la omnipresencia del pecado. Para los jóvenes prácticamente el único mandamiento de la Ley de Dios era el sexto: no fornicar. Todo esto era aún más marcado para los llamados “príncipes Gonzaga”, pues San Luis es el patrón de la pureza.
A trompicones llegué hasta cuarto de bachillerato. Mis continuos roces con el reglamento eran castigados con “la sombra”, asistir al colegio un sábado o domingo bajo estricta supervisión y sometido a torturas pedagógicas específicas. La favorita consistía en obligarnos a memorizar largos textos de la Urbanidad y buenos modales, de Carreño —escritor venezolano muy apreciado entonces—, acordes con la falta cometida. Un caso típico ocurrió cuando, molesto con un compañero, le di un gran empujón en la capilla. Para salir de la consabida “sombra” del sábado siguiente, me exigieron recitar de memoria un extenso fragmento de Carreño sobre el tema. Durante años recordé un párrafo:
El templo es la casa del Señor y por tanto un lugar de oración y recogimiento, donde debemos aparecer siempre circunspectos y respetuosos, con un continente religioso y grave, y contraídos exclusivamente a los oficios que en él se celebren.
Todo ello hacía parte de una forma de educar la vida privada para imponer una determinada manera de ver el mundo. Teníamos que representar un papel, no ser nosotros mismos. Había que exhibir una elegancia natural, cierto decoro, para ser considerados manizaleños civilizados. En palabras de mi tío Fernando Londoño, “debían llegar a ser ciudadanos a cabalidad, no simplemente bípedos cedulados”.
Los apuros remataron, al finalizar cuarto de bachillerato, con la cortante comunicación de los jesuitas: “No queremos verlo más por el colegio.”
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