MI SORDERA
Me ha gustado el silencio; lo recomiendan los místicos. Así lo quiero y lo busco, pero es algo terrible cuando es forzado. Recuerdo, con horror, largos días totalmente sordo por una fuerte amigdalitis a mis seis años. Me aferraba a mi mamá para sentirme vivo; me sentía aislado. Me extrajeron las amígdalas y poco a poco me recuperé. No del todo. Hace años me practicaron unos exámenes médicos muy completos y detectaron un foco paroxístico en el cerebro, triste recuerdo de aquella afección. Además, una sordera larvada que, poco a poco, se ha ido manifestando. Al comenzar el siglo se hizo notoria y mi entorno familiar insistía en que buscara audífonos. Me demoré, era un síntoma de vejez y me costaba aceptarlo. Presionaron y me sometí a una audiometría como paso inicial. La doctora me animaba a usar esa ayuda técnica. Insistía basándose en mi triste resultado audiométrico: no podía escuchar correctamente sonidos agudos, una barrera para oír a las mujeres y a los niños. Emoc...