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LEJOS DEL MAR

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Manizales está muy lejos del mar. No podía mirarlo y quería hacerlo. Ilusionado con las lecturas de Julio Verne soñaba con el mar en la orilla de la represa de Cameguadua en Chinchiná. Por años fue lo mas parecido que estuvo a mi alcance. No pude ver al Nautilus, ni a su capitán Nemo, ni siquiera un tiburón. Me tenía que contentar con mirar una zabaleta. Mi primer contacto visual con el mar fue en Venezuela, en una excursión del colegio. Apareció, mágico, en una curva de la carretera Caracas – La Guaira consolándonos a los viajeros del maltrato del ejército venezolano. Al pasar por los grandes viaductos de la carretera les habíamos tomado mil fotos, nos detuvieron y exigieron, bruscamente, que teníamos que abrir nuestras cámaras y velar los rollos porque eran secreto militar y debían protegerlos. Estaban en la dictadura del general Carlos Pérez Jiménez, envalentonados con el desarrollo petrolero y el populismo imperante. Éramos unos insignificantes colombianos. La tradicional habilidad...

POR QUÉ “JUSTINIANO Y SUS RECUERDOS”

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  Esa pregunta me la hizo una querida lectora. Tal vez sea también una inquietud para algunos, y aquí envío mi respuesta: A comienzos de 1944, a mi papá, Luis Londoño, le diagnosticaron un cáncer terminal de garganta, causado por una muy fuerte adicción al cigarrillo. Fumaba inmisericordemente. Esto relegó a un tenue segundo plano el embarazo de mi mamá. Yo venía en camino en un ambiente gris y tenso. Nací cuando mi papá estaba grave, muy afectado por el fuerte —y me imagino primitivo— tratamiento. Mi mamá me contó que solo fue consciente de mi nacimiento de manera ocasional. Todo giraba alrededor de la gravedad del momento y no había espacio mental para pensar en mi bautizo inmediato, como era lo acostumbrado. Durante la visita de mi abuela paterna, Mercedes Londoño, se trató el tema y, de manera ejecutiva, ella decidió hacerlo al instante. Procedió a llevarme a la catedral basílica, donde su amigo, el padre Adolfo Hoyos Ocampo, personaje importante y con gran poder social en Mani...

BUEN CAMINO

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  Buen camino, una hermosa expresión que disfruté peregrinando a Santiago de Compostela. Con Carmen Alicia la intercambiábamos con cientos de peregrinos. Pienso que siempre debemos decirla. Muchas sorpresas. Caminantes de zapatos gastados que llevaban 1000 kilómetros desde París acompañados de niños felices. Budistas, orientales, hinduistas. Una vibrante mezcla de razas y de religiones todos saludando con un “buen camino”.  Nos cruzamos con un sacerdote luterano acompañando a un grupo de niños canadienses que estaban preparándose para su confirmación. Curiosamente se nos acercó en un restaurante del camino, pidió permiso para estar en la mesa. Hablaba un buen castellano y narraba su experiencia en la selva amazónica colombiana en su formación sacerdotal. Ya en confianza anotaba que con nosotros hacía un refrescante cambio de su labor de cuidado apostólico. Nos seguimos encontrando por todo el camino.  Al segundo día sufrimos un fuerte aguacero. Utilizamos, por horas, un i...

MI NOVIO NACIÓ MUERTO

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  Mi novio nació muerto, así respondía Elena Almonacid a quien le preguntaba por su vida amorosa. La conocí desde mi noviazgo como niñera en la casa de mis suegros, en Bucaramanga. Nunca salía a descanso, y su principal preocupación era Nacho, el muy necio hijo menor. Vivía buscándolo. Mujer servicial y cariñosa, muy elemental. Como decían, “le había faltado un hervor”. Nació en un orfanato en Bogotá y fue educada por las monjas. Tenía una profunda fe católica, en su trabajo se caracterizaba por practicar una limpieza reluciente y tener una devoción especial hacia los niños. Era otra mamá, cercana y amorosa. Sus dichos hicieron historia. Si un niño se ponía lento, le decía: “Vaya a misa y vuelva”. Ante un pedido ilógico, apuntaba: “Hágase de ahí y no corra”. Si alguien lloraba, recitaba: “Llamaron a Jeremías para que llorara un poco, y lo poco que lloró fueron cuarenta días”. Frente a la muerte: “¿Qué será morir? Cerrar los ojos y no volverlos a abrir”. Cuando la acosaban: “No me a...

UN PAVO REAL EN APUROS

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  En mi bachillerato, en el colegio San Luis Gonzaga, participaba con gran orgullo en la banda de guerra tocando la corneta. Éramos entrenados por un viejo y pobre expolicía llamado Zabulón, un hombre medio cojo, flaco, de triste figura, cuya apariencia empeoró cuando comenzó a perder los dientes delanteros. Cada año le resultaba más difícil tocar; intentaba hacerlo apoyándose en los dientes que le quedaban y en un colmillo, desplazando la boquilla en busca de un punto firme. Al final parecía que tocaba el instrumento con la oreja. La banda se lucía en todas las procesiones y desfiles. Al terminar las ceremonias salíamos, como pavos reales, a exhibirnos ante las niñas de los colegios de clase alta. No dejábamos de caminar por las calles principales pese al cansancio. Los apuros comenzaban con el moralismo de la época y la omnipresencia del pecado. Para los jóvenes prácticamente el único mandamiento de la Ley de Dios era el sexto: no fornicar. Todo esto era aún más marcado para los ...

AL LADO DEL YETI

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  Vivir cerca del Nevado del Ruiz invita a disfrutarlo. Con frecuencia lo visitábamos. Es muy distinto contemplarlo a lo lejos que gozarlo íntimamente. Sus paisajes, extraños y alucinantes, están llenos de sorpresas. Podíamos ver nacer las aguas termales en forma de pequeños géiseres en medio de un riachuelo helado y observar cómo las truchas huían, sorprendidas por el brusco cambio de su ambiente. También palpábamos las suaves hojas de los frailejones y nos empapaba una lluvia fina y tenaz con secretos de ternura. Eran largas caminatas, luchando contra el frío y la escarcha. Un paisaje de silencio y esfuerzo. A veces, entre la espesa bruma, se oía un fuerte estruendo: era el hermoso Salto de las Nereidas, de 180 metros de altura, una caída de agua cristalina rodeada de yarumos y palmas de cera. Los descensos resultaban peligrosos. En uno especialmente fuerte me dominó el temor a la altura y me quedé engarrotado. Quedé adherido a los pequeños salientes, paralizado, acezante. Entonc...

ENCUENTRO CON DIOS EN VILLA KEMPIS

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  Estudiaba bachillerato con los jesuitas, en Manizales, y el obligatorio retiro anual se realizaba en Villa Kempis. Una linda casa, perfecta para vivir lo espiritual, en un sitio que es un altar frente al paisaje. Aún hoy sigue prestando ese servicio. Thomas Kempis, monje agustino alemán, murió en 1471. Dedicó su vida a la contemplación interior y su libro más influyente fue  La imitación de Cristo .  Narran que la Iglesia Católica negó su canonización debido a las marcas de arañazos encontradas en el interior de su ataúd; aquello lo descalificaba para la santidad, pues significaba que no abrazó la muerte en paz. En el colegio nunca supimos esa tremenda historia, y así podíamos entrar —obligados, pero no asustados— a nuestros retiros espirituales.  Debíamos llevar la ropa de cama, y yo pedía a mis tías que cosieran juntas la sábana y las cobijas para simplificarme la vida. Además, escondía para consentirme un buen pedazo de pionono (ese delicioso enrollado dulc...