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DE ZOOTECNISTA A CONDUCTOR

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    En los primeros años de ejercicio profesional lo tuve claro. Vivía montado en un viejo Land Rover capturando y atendiendo clientes. Al final del día laboral estaban más cansadas mis posaderas que mi cerebro. Comenzaban los efectos de la Ley Quinta sobre asesorías profesionales obligatorias para la asignación de créditos en el campo agropecuario. Entendí que mis reales clientes eran los bancos y comencé a trabajarlos asiduamente. Allí podían recomendarme y casi imponerme ante sus clientes. Trataba de regular mis gastos por el número de visitas técnicas de asesoría autorizadas. Buscaba con ansiedad llegar al punto de equilibrio del presupuesto familiar. De pronto pensé que se me había aparecido la Virgen por un buen contrato para revisar numerosos créditos cafeteros en el Quindío. Organicé mi viaje, alisté mi Land Rover y salí para una larga gira por esas hermosas fincas. La gran ventaja era la proximidad de unas a otras y mi trabajo podía ser eficiente. Veía crecer mis ingr...

PAPI SERÁ SU ABUELA

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  Tal vez por mi cerrerismo paisa nunca me gustó que me dijeran papi y cada vez que alguno de mis hijos se atrevía a llamarme así, lo corregía de inmediato. Yo, huérfano desde los cuatro meses de edad, ni siquiera tuve la oportunidad de balbucear esa palabra. Carecía de un referente directo. No tenía con quién compararme. Quizá con mi tío Arturo, pero él era un amable solterón, no un padre en ejercicio. De papi nunca ejercí, pero de papa incluso horas extras, ya que en casa yo era el encargado de las guardias nocturnas. Me levantaba cuando alguno de los niños lloraba o necesitaba algo. También imponía mis reglas: no permitía que entraran a nuestro cuarto. Alegaba respeto por el lecho conyugal, de modo que debían quedarse en la puerta. Santiago, el menor, nunca intentó colarse porque prefería dormir con Alicia María, su hermana mayor, quien siempre lo acogía con infinita paciencia. Disfruté ser papá chofer de mis hijos, cuando me tocaba manejar sin la presencia de mi esposa, comenza...

EL CAMINO ETÍLICO

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  “La civilización comienza con la destilación.”  William Faulkner.   -    A lo único que hay que tenerle miedo es a una escasez de trago. -   Me imagino que mi chupo de bebé alguna vez mis tíos lo empaparon en el aguardiente o en el ron que estaban tomando. Hoy no me horroriza. Era una costumbre de una sociedad agrícola, elemental, donde se resaltaba el papel del hombre y así pretendían transmitirme, míticamente, energía masculina.    Por mucho tiempo la necesidad de la leche no dejó espacio para nada más. En las fiestas infantiles el vino era para las señoras y los brindis. A pesar de estas limitaciones, mi primera rasca fue con una botella de vino que escondimos con un primo debajo de la mesa principal, protegidos por los amplios manteles que llegaban hasta el piso. Al salir eufóricos y trastabillantes arrastramos el mantel derribando copas, adornos y el preciado ponqué de la celebración. Toda una tragedia.   En la adolescencia aparecieron...

DESCUBRIR EL CIELO

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  Muchos no la han disfrutado. Yo nací en Manizales y pasaba mis vacaciones en Aguadas. La neblina era parte de mi vida. Salía de mi casa y descubría que mis brazos alcanzaban más lejos que mis ojos. He abrazado la niebla, he logrado caminar en la penumbra, sostenerme del aire que respiro y avanzar con la mirada fija en los pasos que, uno a uno, me conducen hacia un horizonte que no percibo. Hugo Cuevas-Mohr. Descubrir algo a pleno sol no deja espacio para la imaginación: todo es demasiado claro. En cambio, al caminar por la Manizales enneblinada no podía precisar las imágenes y, gracias a mi capacidad de ilusionarme, muchas veces creía intuir a aquella paisana linda que me gustaba; sin embargo, más de una vez, la que encontraba me daba susto. Otras veces, desde mi ventana, cercana a la funeraria “La Equitativa Económica, Cultural y Deportiva”, veía pasar su carroza fúnebre y, en mi niñez, pensaba que la neblina acompañaba bien la tristeza de la partida. Pasaban llorando y terminab...

NEBLINA EN LOS OJOS

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  En 1969, sentado en un viejo sillón de vaqueta en el corredor de la finca de mi abuelo en Manizales, me sentía triste. Pensaba qué tango debía escuchar para acompañar mis sentimientos y en unos rones que ayudaran a desentrañarlos. Me gusta el tono gris que el alcohol le da a la melancolía. Mis tíos habían decidido liquidar la sociedad Londoño Hermanos, propietaria de la hacienda. Con mi hermana Berta, socios minoritarios, habíamos tomado la decisión de quedarnos con algo de terreno. Me ilusioné y comencé a imaginar una nueva vida campesina. Con mi tío Hernán Londoño, reunidos en Villanueva —su finca cafetera—, traté de ponerle cifras a esas ilusiones. Eran cuentas apretadas, pero Hernán, cultivador de muchos años, me animó y remató con una frase contundente: —Mire bien, sobrinito: yo, con mi gran familia, de aquí he comido y he bebido. Se concretó un terreno para nosotros, pero mi hermana no estuvo de acuerdo. Lo que me correspondía estrictamente era demasiado pequeño para conver...

METIDO EN UN BENEFICIADERO DE CAFÉ

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    Dejé de ser niño y de jugar en la molienda. El tiempo pasaba, la panela también, y el café había llegado a La Arabia. Fue un largo proceso de transformación. Ya no endulzábamos: despertábamos. El cambio comenzó a hacerse visible con un mediano beneficiadero de guadua, adosado a la casa principal de la hacienda. El toque mágico consistía en recorrer los corredores de la casa repletos de café oreándose, es decir, terminando de secarse. Nadábamos en café, hacíamos torres de café. Olíamos a café. Llegaron muchas familias nuevas. El café exigía más personal. Eran treinta y cuatro casas de agregados, cada una con su campamento y sus cafetales asignados. El mayordomo era el patrón del corte y dirigía todos los trabajos. Aquello era un verdadero pueblito. Conseguir personal era prioritario, y algún tío decía, en broma, que perseguían a los enanos porque el café «caturra», que comenzaba a sembrarse, era de porte bajo. Cambió hasta el sonido. Dejaron de pasar continuamente las mulas...

METIDO EN LA MOLIENDA

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De niño iba a La Arabia, la finca de mi abuelo, que en ese entonces era una hacienda panelera que tenía un aire muy propio. De llegada, y antes siquiera de verla, un olor delicioso y dulzón me recibía con ánimo la visita. En la estrecha carreterita de acceso nos encontrábamos con largas recuas de mulas cargadas de caña. Todos los días trabajaban unas ochenta. El arriero, afanado y sudoroso, nos saludaba con amabilidad. De pronto, había que cerrar apresuradamente, con la manivela, el vidrio del carro ante alguna inoportuna abeja. Si era el final de la tarde, en el gran patio de piedra, frente a la molienda, veíamos las mulas ya descargadas revolcándose sobre las piedras, rascándose el dolorido lomo, mientras escuchábamos una larga cadencia de pedos estruendosos. Allí aprendí el significado de la expresión “más apretado que pedo de mula”. Estar en la molienda, era el reconocimiento de una especie de mayoría de edad que nos otorgaban a los siete años. Antes no podíamos visitarla solos. Po...