METIDO EN UN BENEFICIADERO DE CAFÉ
Dejé de ser niño y de jugar en la molienda. El tiempo pasaba, la panela también, y el café había llegado a La Arabia. Fue un largo proceso de transformación. Ya no endulzábamos: despertábamos. El cambio comenzó a hacerse visible con un mediano beneficiadero de guadua, adosado a la casa principal de la hacienda. El toque mágico consistía en recorrer los corredores de la casa repletos de café oreándose, es decir, terminando de secarse. Nadábamos en café, hacíamos torres de café. Olíamos a café. Llegaron muchas familias nuevas. El café exigía más personal. Eran treinta y cuatro casas de agregados, cada una con su campamento y sus cafetales asignados. El mayordomo era el patrón del corte y dirigía todos los trabajos. Aquello era un verdadero pueblito. Conseguir personal era prioritario, y algún tío decía, en broma, que perseguían a los enanos porque el café «caturra», que comenzaba a sembrarse, era de porte bajo. Cambió hasta el sonido. Dejaron de pasar continuamente las mulas...