METIDO EN LA MOLIENDA
De niño iba a La Arabia, la finca de mi abuelo, que en ese entonces era una hacienda panelera que tenía un aire muy propio. De llegada, y antes siquiera de verla, un olor delicioso y dulzón me recibía con ánimo la visita. En la estrecha carreterita de acceso nos encontrábamos con largas recuas de mulas cargadas de caña. Todos los días trabajaban unas ochenta. El arriero, afanado y sudoroso, nos saludaba con amabilidad. De pronto, había que cerrar apresuradamente, con la manivela, el vidrio del carro ante alguna inoportuna abeja. Si era el final de la tarde, en el gran patio de piedra, frente a la molienda, veíamos las mulas ya descargadas revolcándose sobre las piedras, rascándose el dolorido lomo, mientras escuchábamos una larga cadencia de pedos estruendosos. Allí aprendí el significado de la expresión “más apretado que pedo de mula”. Estar en la molienda, era el reconocimiento de una especie de mayoría de edad que nos otorgaban a los siete años. Antes no podíamos visitarla solos. Po...