PAPI SERÁ SU ABUELA
Tal vez por mi cerrerismo paisa nunca me gustó que me dijeran papi y cada vez que alguno de mis hijos se atrevía a llamarme así, lo corregía de inmediato. Yo, huérfano desde los cuatro meses de edad, ni siquiera tuve la oportunidad de balbucear esa palabra. Carecía de un referente directo. No tenía con quién compararme. Quizá con mi tío Arturo, pero él era un amable solterón, no un padre en ejercicio. De papi nunca ejercí, pero de papa incluso horas extras, ya que en casa yo era el encargado de las guardias nocturnas. Me levantaba cuando alguno de los niños lloraba o necesitaba algo. También imponía mis reglas: no permitía que entraran a nuestro cuarto. Alegaba respeto por el lecho conyugal, de modo que debían quedarse en la puerta. Santiago, el menor, nunca intentó colarse porque prefería dormir con Alicia María, su hermana mayor, quien siempre lo acogía con infinita paciencia. Disfruté ser papá chofer de mis hijos, cuando me tocaba manejar sin la presencia de mi esposa, comenza...