EL TIEMPO ES MOVIMIENTO
Manizales, en mi infancia, era poco más que un punto de encuentro y de vivienda para propietarios agrícolas. Llegábamos a ella por carreteras sinuosas, faldudas y en mal estado, llenas de curvas en las cuales era imposible narcotizarse como en las autopistas gringas. Aquellas vías permitían fijarse en el paisaje, obligaban a observar los alrededores, nos permitían vivirlos, no simplemente atravesarlos. Hoy pienso que allí vivíamos, no transcurríamos. Era la ventaja de estar en una ciudad pequeña. En los pueblos, las casas están demasiado cerca de los potreros: caminarlos es oler a yerba, a madera, a veces a cagajón. En las grandes ciudades, en cambio, lo importante es la velocidad para cruzarlas; no hay tiempo para disfrutarlas. Se quiere llegar rápido al punto deseado, y el comentario al llegar casi siempre tiene que ver con lo denso del tráfico. De joven salía, muchas veces envuelto en un girón de neblina donde alcanzan más los brazos que las miradas, a recorrer la carrer...