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TRAS PEDRO CLAVER

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    Un día cualquiera de     1990, como si fuera lo más normal del mundo, conocí a Pedro Claver en persona. Era párroco en Sabana de Torres Santander, y consiliario de un grupo de parejas. Embebida en la plenitud de     Magdalena Medio , la región era rica en petróleo, gas y palma africana, la receta perfecta de conflictos sociales y soluciones violentas. Me sorprendieron la vitalidad, la entrega y el calor humano del sacerdote. Con mi esposa éramos responsables, en Colombia, de un movimiento de matrimonios católicos llamado  Equipos de Nuestra Señora , y en esos años fuimos a visitar a los equipos de Barrancabermeja y a un grupo fundado hacía poco tiempo en el municipio de Sabana de Torres. Por temor a los retenes de la guerrilla, salimos en bus desde Barranca con nuestra ropa y equipaje más sencillos, para no llamar la atención. Nos despidieron en Bogotá  orando por el viaje. Llegamos por tierra hasta la orilla del río Magdalena, poderoso y...

MESITAS DE SANTA INÉS

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Me veo, mucho más joven, haciendo maromas en el techo de mi casa para limpiar los vidrios de una claraboya. Me urgía hacerlo para poder alquilarla: no tenía dinero para pagar el servicio. La compañía donde había trabajado por siete años acababa de entrar en una bancarrota total y necesitábamos arrendar la casa y pasarnos a vivir a una finca cercana, a la cuál yo asesoraba como zootecnista. Los vidrios quedaron limpios, pero no nos sirvió de nada. El posible arrendador era el nuevo gerente de un importante banco y los servicios de seguridad vetaron mi casa por tener una sola vía de acceso y en regulares condiciones. Pero yo sí encontré otras inesperadas vías para mantener a mi familia y atender los urgentes pagos de los colegios que ya me asfixiaban. Me llamó un primo para solicitarme, con urgencia, avaluar Mesitas de Santa Inés de Cachipay, una importante finca cafetera, para una entidad financiera.  Recopilé información en la Cámara de la Propiedad Raíz, aprendí algo de la “reglam...

DE ZOOTECNISTA A CONDUCTOR

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    En los primeros años de ejercicio profesional lo tuve claro. Vivía montado en un viejo Land Rover capturando y atendiendo clientes. Al final del día laboral estaban más cansadas mis posaderas que mi cerebro. Comenzaban los efectos de la Ley Quinta sobre asesorías profesionales obligatorias para la asignación de créditos en el campo agropecuario. Entendí que mis reales clientes eran los bancos y comencé a trabajarlos asiduamente. Allí podían recomendarme y casi imponerme ante sus clientes. Trataba de regular mis gastos por el número de visitas técnicas de asesoría autorizadas. Buscaba con ansiedad llegar al punto de equilibrio del presupuesto familiar. De pronto pensé que se me había aparecido la Virgen por un buen contrato para revisar numerosos créditos cafeteros en el Quindío. Organicé mi viaje, alisté mi Land Rover y salí para una larga gira por esas hermosas fincas. La gran ventaja era la proximidad de unas a otras y mi trabajo podía ser eficiente. Veía crecer mis ingr...

PAPI SERÁ SU ABUELA

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  Tal vez por mi cerrerismo paisa nunca me gustó que me dijeran papi y cada vez que alguno de mis hijos se atrevía a llamarme así, lo corregía de inmediato. Yo, huérfano desde los cuatro meses de edad, ni siquiera tuve la oportunidad de balbucear esa palabra. Carecía de un referente directo. No tenía con quién compararme. Quizá con mi tío Arturo, pero él era un amable solterón, no un padre en ejercicio. De papi nunca ejercí, pero de papa incluso horas extras, ya que en casa yo era el encargado de las guardias nocturnas. Me levantaba cuando alguno de los niños lloraba o necesitaba algo. También imponía mis reglas: no permitía que entraran a nuestro cuarto. Alegaba respeto por el lecho conyugal, de modo que debían quedarse en la puerta. Santiago, el menor, nunca intentó colarse porque prefería dormir con Alicia María, su hermana mayor, quien siempre lo acogía con infinita paciencia. Disfruté ser papá chofer de mis hijos, cuando me tocaba manejar sin la presencia de mi esposa, comenza...

EL CAMINO ETÍLICO

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  “La civilización comienza con la destilación.”  William Faulkner.   -    A lo único que hay que tenerle miedo es a una escasez de trago. -   Me imagino que mi chupo de bebé alguna vez mis tíos lo empaparon en el aguardiente o en el ron que estaban tomando. Hoy no me horroriza. Era una costumbre de una sociedad agrícola, elemental, donde se resaltaba el papel del hombre y así pretendían transmitirme, míticamente, energía masculina.    Por mucho tiempo la necesidad de la leche no dejó espacio para nada más. En las fiestas infantiles el vino era para las señoras y los brindis. A pesar de estas limitaciones, mi primera rasca fue con una botella de vino que escondimos con un primo debajo de la mesa principal, protegidos por los amplios manteles que llegaban hasta el piso. Al salir eufóricos y trastabillantes arrastramos el mantel derribando copas, adornos y el preciado ponqué de la celebración. Toda una tragedia.   En la adolescencia aparecieron...

DESCUBRIR EL CIELO

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  Muchos no la han disfrutado. Yo nací en Manizales y pasaba mis vacaciones en Aguadas. La neblina era parte de mi vida. Salía de mi casa y descubría que mis brazos alcanzaban más lejos que mis ojos. He abrazado la niebla, he logrado caminar en la penumbra, sostenerme del aire que respiro y avanzar con la mirada fija en los pasos que, uno a uno, me conducen hacia un horizonte que no percibo. Hugo Cuevas-Mohr. Descubrir algo a pleno sol no deja espacio para la imaginación: todo es demasiado claro. En cambio, al caminar por la Manizales enneblinada no podía precisar las imágenes y, gracias a mi capacidad de ilusionarme, muchas veces creía intuir a aquella paisana linda que me gustaba; sin embargo, más de una vez, la que encontraba me daba susto. Otras veces, desde mi ventana, cercana a la funeraria “La Equitativa Económica, Cultural y Deportiva”, veía pasar su carroza fúnebre y, en mi niñez, pensaba que la neblina acompañaba bien la tristeza de la partida. Pasaban llorando y terminab...

NEBLINA EN LOS OJOS

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  En 1969, sentado en un viejo sillón de vaqueta en el corredor de la finca de mi abuelo en Manizales, me sentía triste. Pensaba qué tango debía escuchar para acompañar mis sentimientos y en unos rones que ayudaran a desentrañarlos. Me gusta el tono gris que el alcohol le da a la melancolía. Mis tíos habían decidido liquidar la sociedad Londoño Hermanos, propietaria de la hacienda. Con mi hermana Berta, socios minoritarios, habíamos tomado la decisión de quedarnos con algo de terreno. Me ilusioné y comencé a imaginar una nueva vida campesina. Con mi tío Hernán Londoño, reunidos en Villanueva —su finca cafetera—, traté de ponerle cifras a esas ilusiones. Eran cuentas apretadas, pero Hernán, cultivador de muchos años, me animó y remató con una frase contundente: —Mire bien, sobrinito: yo, con mi gran familia, de aquí he comido y he bebido. Se concretó un terreno para nosotros, pero mi hermana no estuvo de acuerdo. Lo que me correspondía estrictamente era demasiado pequeño para conver...