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MI TÍO ARTURO JARAMILLO GUTIÉRREZ

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Arturo Jaramillo encarnaba plenamente al personaje de una conocida poesía satírica de Francisco de Quevedo: “érase un hombre a una nariz pegado”. Tenía cráneo grande para su mediano tamaño, facciones bruscas, ojos verdosos y saltones. Él anotaba que parecía pescado con taco de dinamita. Era una especie de amable caricatura ambulante. Siempre alegre, ácido, de respuestas inmediatas y cómicas. Con talante liberal y poco religioso. Fue profesor de primaria, lleno de imaginación y con una profunda vocación de maestro. De él hay mil anécdotas, algunas incluso publicadas en el periódico regional La Patria por un cronista especializado en revivir personajes. En una de ellas cuenta que alguna vez dicho periodista se topó con Arturo, quien estaba organizando un viaje. Él le comentó que salía urgente para Aguadas porque su hermana Raquel se estaba muriendo. A los pocos días volvió a encontrárselo y le preguntó sobre el tema. Arturo le respondió: “perdimos el viaje, la Raquel no se murió nada”. P...

MI TÍA MERCY LONDOÑO LONDOÑO

Ella siempre fue atrevida. Iba adelante. Estudió cuanto pudo en su ciudad: educación formal, clases de pintura y de violín. Mi tío Arturo Jaramillo afirmaba que, a Justiniano Londoño, mi abuelo, le habían impuesto una multa por los ruidos extraños y a deshoras producidos por aquella aprendiz de violinista. Sin embargo, para ella lo principal fue la educación práctica que Justiniano imponía a sus hijos. Les organizaba detalladas excursiones de acuerdo con sus edades. Mercy viajó, junto con sus hermanos menores, a Cartago y luego a Buenaventura para conocer los trenes y los barcos. Justiniano les hacía explicar cómo funcionaban, la importancia del vapor, de las vías y del comercio. Ella disfrutaba pidiendo que la dejaran pitar, tomar el timón, observar los cargues y descargues. Años después les decía a sus nietas: —Aprendía mucho, pero no entendía nada. Llegó entonces la tremenda crisis de 1929-1930 y la economía de guerra al hogar de los Londoño. Sacaron a los hijos del colegio. Mercy n...

MI TIA LAURA LONDOÑO LONDOÑO

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Ella vivió casi toda su vida en Bogotá. Cuando era niño la encontraba fugazmente en mis escasos viajes a la capital. Para mí, con el tiempo, se transformó en un ángel. Apareció radiante en mi matrimonio en Girón, en un momento especialmente difícil. Acababan de liberar a mi tío Fernando de su secuestro y ella, junto con su esposo, fue la única representante de los Londoño. Ya antes me había hecho sentir su manto protector al invitarnos a pasar nuestra luna de miel en su preciosa finca de Fusagasugá. Fueron días largos y dulces, llenos de atenciones y con todos los gastos pagados. Yo solo tuve que poner la novia. En Bogotá nos ayudó en nuestros trasteos y solucionó un asunto fundamental: conseguirnos empleada de servicio. Así llegó Toñita, una mujer excepcional que terminó ganándose el cariño de mis hijos. Durante un tiempo también nos acogió en su casa mientras arreglábamos la nuestra. Fue una maestra de la prudencia, del vivir la enseñanza bíblica de “que tu mano izquierda no sepa lo ...

MI TÍO HERNÁN LONDOÑO LONDOÑO

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  Era el menor de los dieciséis —sí, dieciséis— hijos de Justiniano y Mercedes. Alto, bien parecido. Las compañeras de María Victoria, su hija mayor, buscaban invitarse a su casa, con cualquier disculpa, para mirarlo. Sin ínfulas aristocráticas ni intelectuales, sencillo y siempre dedicado a sus labores agropecuarias. Este ejemplo retrata bien su temperamento: alguna vez un primo, el cura Octavio, en una reunión familiar, decidió mostrarnos en detalle nuestro árbol genealógico. Allí aparecía que el primer Londoño en llegar a Colombia había sido un importante propietario de tierras y esclavos: don Juan de Londoño y Transmiera. En medio de aquella solemnidad, Hernán comentó: —Ahora tengo claro que descendemos de “Transportes Mierda”. Siempre tuvo un espíritu alegre y positivo. Así afrontó la pérdida de dos falanges de su dedo anular derecho en un accidente en la finca. Afirmaba que aquello le había hecho ganar dinero: cuando iba a comprar algo, sacaba la mano derecha con la palma ext...

MI TÍO LEÓN LONDOÑO LONDOÑO

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  El 25 de abril de 1944 salía solemnemente de la Catedral de Manizales la pareja que aparece en la foto realmente recién casados. Sorprendentemente, no se dirigieron a su fiesta de matrimonio, sino a la cercana casa de mi padre, quien estaba a las puertas de la muerte a causa de un cáncer. Yo era apenas un recién nacido. Fue una hermosa y triste despedida que mi madre jamás olvidó. Mi tío León fue un importante caficultor. Gracias a su trabajo cuidando la herencia de los Londoño en la hacienda La Arabia, pude contar con apoyo económico para realizar mis estudios y establecerme en Bogotá. Le estoy agradecido, aunque me resulta difícil desprenderme de la imagen temible que tenía de él en mi niñez: la del odontólogo que me atormentaba intentando arreglarme un diente partido, con unas manos que yo sentía enormes para mi pequeña boca y que, además, se daba el lujo de regañarme cuando brincaba, precisamente porque era mi tío. El diente partido fue cortesía de mi primo Oscar Williamson, ...

MI TIO FERNANDO LONDOÑO LONDOÑO

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                                                                                                     Yo quedé huérfano de padre desde la cuna. En Manizales, en mi infancia, era usual denominar a los niños apoyándose en el nombre de su padre. “ahí va el hijo de fulano”. Ante el vacío se referían a mi como “ahí va el sobrino de Fernando”.   Con semejante advocación me tocó ser muy cuidadoso. Tenía que reflejar a un emblema de cultura y civismo y me era difícil. Para completar Fernando Londoño hijo estud...

MI TÍO LEONIDAS LONDOÑO LONDOÑO.

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    Para muchos era Don Leo, un importante dirigente cafetero. Para mí era mi tío. Era visita obligada en mis escasos viajes a Bogotá. Creo tenía algo de interesada por andar siempre con limitados recursos. Al graduarme de zootecnista vine a parar en Bogotá y pude tener con él cercanía. Sus comentarios aprendí a recibirlos con beneficio de inventario para podarlos de excesos, y a aceptar sus órdenes sin comentarlas. Autoritario le encantaba darlas. Siempre lucía su sentido práctico, sin arandelas retóricas. Llamaba pan al pan y vino al vino y aprendí a no contradecirlo. Eran conversaciones muy agradables. Por mi apego a temas familiares le picaba la lengua. Hablábamos de Justiniano, mi abuelo, y su seca respuesta cuando Leonidas le contó que quería dejar de estudiar en Popayán: “Amplio es el mundo y hombre es usted”. No le mandó un peso para devolverse. Volvió a Manizales para trabajar en La Arabia, una de las fincas de Justiniano. Por muchos años dirigió el Comité Nacional de...