AL LADO DEL YETI


 

Vivir cerca del Nevado del Ruiz invita a disfrutarlo. Con frecuencia lo visitábamos. Es muy distinto contemplarlo a lo lejos que gozarlo íntimamente. Sus paisajes, extraños y alucinantes, están llenos de sorpresas. Podíamos ver nacer las aguas termales en forma de pequeños géiseres en medio de un riachuelo helado y observar cómo las truchas huían, sorprendidas por el brusco cambio de su ambiente. También palpábamos las suaves hojas de los frailejones y nos empapaba una lluvia fina y tenaz con secretos de ternura.

Eran largas caminatas, luchando contra el frío y la escarcha. Un paisaje de silencio y esfuerzo. A veces, entre la espesa bruma, se oía un fuerte estruendo: era el hermoso Salto de las Nereidas, de 180 metros de altura, una caída de agua cristalina rodeada de yarumos y palmas de cera.

Los descensos resultaban peligrosos. En uno especialmente fuerte me dominó el temor a la altura y me quedé engarrotado. Quedé adherido a los pequeños salientes, paralizado, acezante. Entonces me llegó la voz tranquilizadora de un compañero experimentado que me pidió calma. Con gran esfuerzo llegó hasta mí, me quitó parte de la carga y me fue guiando, milímetro a milímetro, hasta la base de la aguda pendiente.

Caso contrario fue el de un fanfarrón, un brusco acompañante de última hora, que hacía gala de su excelente estado físico, de sus supuestas habilidades de escalador y de no temerle al frío. Mortificante e impertinente, hacía veladas referencias a mis temores para ponerme en ridículo. Mi defensa consistió en ponerle el apodo de “El Yeti, el abominable hombre de las nieves”. Le encajó perfectamente y perdió su nombre original.

Para su desgracia, a este Yeti se le ocurrió, iniciado el descenso, bañarse desnudo en una fría quebrada y tildarnos de cochinos a los demás por no seguir su ejemplo. Le tomé unas fotos muy dicientes —dignas de una Playboy primitiva— y lo hice sufrir por semanas, avisándole que pensaba mostrárselas a la niña de sus amores para que advirtiera la pequeña evidencia de su tan aclamada hombría. En aquel ambiente helado, su pipí aparecía insignificante, ridículo, inútil.

El abominable hombre de las nieves pataleaba y llegó a llorar, suplicándome que se las entregara. Yo esperé, feliz, mortificándolo, hasta su cumpleaños. Entonces, en un enorme paquete con cinticas rosadas, se las regalé. El paquete decía: “Para el Yeti, de sus admiradores.”

 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

CONDUCIENDO CON UN TOQUE ESPECIAL

A CUBA POR EL CAMINO DE HERRADURA

EN LA JORGE ROBLEDO