BUEN CAMINO
Buen camino, una hermosa expresión que disfruté peregrinando a Santiago de Compostela. Con Carmen Alicia la intercambiábamos con cientos de peregrinos. Pienso que siempre debemos decirla.
Muchas sorpresas. Caminantes de zapatos gastados que llevaban 1000 kilómetros desde París acompañados de niños felices. Budistas, orientales, hinduistas. Una vibrante mezcla de razas y de religiones todos saludando con un “buen camino”.
Nos cruzamos con un sacerdote luterano acompañando a un grupo de niños canadienses que estaban preparándose para su confirmación. Curiosamente se nos acercó en un restaurante del camino, pidió permiso para estar en la mesa. Hablaba un buen castellano y narraba su experiencia en la selva amazónica colombiana en su formación sacerdotal. Ya en confianza anotaba que con nosotros hacía un refrescante cambio de su labor de cuidado apostólico. Nos seguimos encontrando por todo el camino.
Al segundo día sufrimos un fuerte aguacero. Utilizamos, por horas, un incómodo abrigo plástico con un nombre ajustado a su labor: el chubasquero. Pero no podíamos detenernos buscando refugio para poder cumplir nuestro itinerario. Llegamos al hotel, nos derrumbamos en las camas y al levantarme noté que no tenía mi billetera,terrible. Allí estaba todo el dinero y las tarjetas de crédito.
Bajé a la recepción pensando en haberla dejado allí al registrarme. Me aclararon que estábamos pre-registrados y no nos habían exigido ningún documento. La portera me comentó que una pareja recién llegada le había solicitado la dirección de la gendarmería para entregar una billetera que se habían encontrado en un pantanero del camino. Les había dicho que a esa hora estaba cerrada y que podrían hacerlo en la mañana. Nos comunicó con ellos y tenían mi billetera mojada dentro de una bolsa. No la habían abierto. El apóstol Santiago es milagroso. Éramos cientos de caminantes alojándonos en cientos de hoteles.
Hacíamos alrededor de 20 kilómetros por día. Una tarde llegué al hotel y sufrí un desmayo. El seguro funcionó muy bien y me desperté en un gran hospital de Lugo, la capital de la provincia, con sondas y catéteres y además un médico regañándome por el exceso de ejercicio. Hacía muy poco me habían cambiado la válvula aórtica y él decía que yo andaba con corazón prestado y no estaba para esos trotes. Máximo 10 kilómetros al día y sin afanes. Tocó ajustarme. Me pareció la mejor recomendación del mundo. Nunca he sido deportista.
Cumplimos con la peregrinación. Recibimos el diploma de peregrinos, rezamos en la hermosa catedral, vimos al enorme y famoso “botafumeiro” (incensario) en acción. Miles de peregrinos sentados en el suelo y de pronto un cariñoso toque en la espalda,el curita luterano despidiéndose.
Hacer el camino de Santiago es una experiencia de vida, una experiencia de fe, es renovar el “buen camino”.
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