POR QUÉ “JUSTINIANO Y SUS RECUERDOS”







 Esa pregunta me la hizo una querida lectora. Tal vez sea también una inquietud para algunos, y aquí envío mi respuesta:

A comienzos de 1944, a mi papá, Luis Londoño, le diagnosticaron un cáncer terminal de garganta, causado por una muy fuerte adicción al cigarrillo. Fumaba inmisericordemente.

Esto relegó a un tenue segundo plano el embarazo de mi mamá. Yo venía en camino en un ambiente gris y tenso. Nací cuando mi papá estaba grave, muy afectado por el fuerte —y me imagino primitivo— tratamiento. Mi mamá me contó que solo fue consciente de mi nacimiento de manera ocasional.

Todo giraba alrededor de la gravedad del momento y no había espacio mental para pensar en mi bautizo inmediato, como era lo acostumbrado. Durante la visita de mi abuela paterna, Mercedes Londoño, se trató el tema y, de manera ejecutiva, ella decidió hacerlo al instante. Procedió a llevarme a la catedral basílica, donde su amigo, el padre Adolfo Hoyos Ocampo, personaje importante y con gran poder social en Manizales, atendió la solicitud rápidamente.

Inició la ceremonia privada y preguntó por mi nombre. Se miraron mi abuela y mi tío Arturo Jaramillo, quien la acompañaba, y se sonrieron, no habían considerado aquel detalle. Mi abuela, recién enviudada, sugirió en memoria de su esposo el anticuado nombre de Justiniano. Mi tío se atrevió a opinar que podría ser Carlos Augusto. El padre Adolfo no estaba para perder tiempo en menudencias y me descargó, a quemarropa, el pesado nombre de Carlos Augusto Justiniano.

Al llegar a mi casa contaron el incidente y mi mamá se puso a llorar, diciendo que cómo era posible que no me hubieran puesto el nombre de Luis, como mi papá, que estaba agonizante. Así que decidió llamarme Luis Augusto, y así soy conocido en Manizales.

Pasó el tiempo y en los documentos públicos continuó figurando: “el menor Carlos Augusto Justiniano Londoño Jaramillo, comúnmente llamado Luis Augusto”. Todo un folletín. Al graduarme de bachiller, el colegio envió mi documentación al Ministerio de Educación y no la aceptaron debido a la diferencia entre el nombre del diploma y el nombre en la partida de bautizo.

Comencé a destrabar el incordio visitando al Canciller de la diócesis (notario eclesiástico), quien me conocía y amablemente emitió un documento cambiando mi nombre “oficial” de Carlos Augusto Justiniano por Luis Augusto. También me advirtió que esto debía anotarse en mi partida de bautizo. Procedí a llevar el documento a la catedral, donde estaba dicha partida, y lo presenté al párroco, que aún era el padre Adolfo Hoyos.

Sacó la partida, anotó un otrosí y puso los datos del notario. Al llegar a mi nombre, me miró molesto y procedió a rebautizarme como Luis Augusto Justiniano, farfullando: “Yo quería mucho a su abuelo”.

Así, querida Adriana, y queridos lectores, por la autoridad del padre Adolfo Hoyos Ocampo, a mis crónicas las llamo Recuerdos de Justiniano.

 

Comentarios

  1. Una maravilla de anécdota. Eso de los nombres no es fácil. Aunque ya vieja, quisiera cambiarme el Olga Lucía por Galu, como desde niña me han llamado las personas cercanas. Este me suena melodioso y menos adusto o anticuado.

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