CADA LOCO CON SU TEMA
Podemos imaginar accesos de ira, excesos alcohólicos, delirios amorosos, que nos nublan la mente y nos distorsionan la manera de actuar, de sentir y hasta nuestra propia apariencia física. Traigo a la mente los mecanismos sociales que nos hacen perder el necesario control sobre nosotros. Cuando me atacan estas fantasías espantosas, me veo en garras de la Fiscalía, esposado, en una celda estrecha, sobre iluminada, bajo presión sicológica, ya perdido el sentido del tiempo, contestando mil veces la misma pregunta, sintiéndome orinado, despreciando y sólo estrujando mi cerebro para identificar que es lo que quieren oír para poder expresarlo.
Más me asusta pensar en los manicomios. Experimentar allí, estremecido, el desvarío de los confinados, la pérdida de conciencia; observar a seres humanos retorciéndose – con los ojos saltados – metidos en camisas de fuerza. Con su yo extraviado y sin poder tomar conciencia de sí mismos.
Estos se convierten en cuadros reales y atroces. Es difícil pensar en circunstancias más negras, pero todo es susceptible de empeorar y es entonces cuando aparecen entornos más terribles, unos que nos llevan a perder nuestra libertad física y mental.
Tuve que afrontar una delicada operación de corazón abierto para reemplazarle una válvula a mi corazón. Veía a todos los médicos tranquilos, sonriendo, familiarizados con el tema, acostumbrados al ambiente quirúrgico, pero yo estaba temeroso en ese evento desconocido, único en mi vida y del cual dependía mi existencia. En la intervención surgieron imprevistos y terminé estrenando válvula mitral y aorta ascendente, convertido en un éxito clínico.
Al final ajustan fuertemente mis costillas, cosen el empaque y me envía a una unidad de cuidados intensivos. Allí controlan todo, más que en una cárcel de alta seguridad, me examinan continuamente, atenazado con fuertes calmantes y gruesas correas, embotada mi conciencia en un atroz duerme vela, perdido en el tiempo, con espantosas pesadillas me veia secuestrado, dopado y amarrado por mis captores.
Ante cualquier ruido me retorcía, miraba con odio a las enfermeras y me agotaba en el inútil esfuerzo por romper mis ataduras. Un suplicio dantesco. En pleno drama pude percibir que mi compañero cercano en la UCI se moría ahogado entre tubos y amarres. Quería gritar y los tubos no me dejaban. Vislumbraba personas llorando y abrazando el cadáver. Mis problemas graves ya no eran físicos sino mentales. Ante el notorio desespero aumentaron el somnífero y se cortó la novela negra que estaba sufriendo.
A los seis días comencé a salir de la oscuridad, a volver a encontrarme y me sentí curado cuando al reconocer el rostro de una enfermera, entendí que no era este el delirio de un loco, sino la convalecencia de un páisa que tendría que tomar por el resto de sus días Cardio Aspirina.
Comentarios
Publicar un comentario