ME COBRABAN CADA PALABRA

  

 


Me cobraban cada palabra. Era cruel, pero así era. Telecom exigía pagar de esa manera los telegramas. Con frecuencia debía utilizar ese servicio y aguzar el ingenio para no afectar demasiado mi bolsillo.

Era común terminar el texto con un “abracaribes”, y el receptor entendía y agradecía nuestros “abrazos, caricias, besos”. El laconismo se imponía. Se hizo famoso en Manizales un telegrama enviado por algún mayordomo a su patrón: jodióse venta macho metiole toro culo cacho.

Hoy sonrío al leer los antiguos telegramas que enviaba a mi novia, y que aún conservo:

Queriéndote más – Recordándote – Bien exámenes queriéndote – Imposible llamada haces falta – Otro recuerdo – Para mi soledad es no tenerte – Otra vez yo.

Mil mensajes similares. Cada nota exigía una visita real a Telecom, un paseo forzoso. La técnica disponible no daba para más, pero eso hacía que el texto fuese más pensado y significativo. Tenía que pagar, y alguna vez me desquité sustrayendo formatos vacíos de telegrama para aprovechar el papel gratis en mis trabajos universitarios.

De vez en cuando visitaba el sitio para llamar a mi novia y así librarme de la falta de privacidad en mi apartamento. Eran habituales las frases socarronas de mis compañeros que escuchaban mis conversaciones. En el comedor me preguntaban, con sorna:
—¿Qué le decía su muñequita que estaba tan contento?

En Telecom, la espera siempre era larga, hasta escuchar el brusco llamado:
—Luis, a la ocho.

Entonces pasaba a una incómoda cabina, donde podía expresar mis cuitas de amor sin temor a censores ni comentaristas. Afortunadamente al salir, no me cobraban por palabra, sino por tiempo.

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