MI NOVIO NACIÓ MUERTO
Mi novio nació muerto, así respondía Elena Almonacid a quien le preguntaba por su vida amorosa. La conocí desde mi noviazgo como niñera en la casa de mis suegros, en Bucaramanga. Nunca salía a descanso, y su principal preocupación era Nacho, el muy necio hijo menor. Vivía buscándolo. Mujer servicial y cariñosa, muy elemental. Como decían, “le había faltado un hervor”.
Nació en un orfanato en Bogotá y fue educada por las monjas. Tenía una profunda fe católica, en su trabajo se caracterizaba por practicar una limpieza reluciente y tener una devoción especial hacia los niños. Era otra mamá, cercana y amorosa.
Sus dichos hicieron historia. Si un niño se ponía lento, le decía: “Vaya a misa y vuelva”. Ante un pedido ilógico, apuntaba: “Hágase de ahí y no corra”. Si alguien lloraba, recitaba: “Llamaron a Jeremías para que llorara un poco, y lo poco que lloró fueron cuarenta días”. Frente a la muerte: “¿Qué será morir? Cerrar los ojos y no volverlos a abrir”. Cuando la acosaban: “No me afane, que todo muerto estira”. Y a un niño escandaloso: “Quién ve el pollo y lo que chilla”.
Pasaron los años, y al nacer mi segundo hijo vino a mi casa. Le fascinaban los bebés y fue una magnífica ayuda. Yo me transformé en el doctor Londoño, algo extraño para ella, tan aferrada a los Amaya Mantilla. Quizás por eso mi sándwich de queso me tocaba casi sin el lácteo. Me hacía recordar que, en Bucaramanga, no le ponía la cuchara de sopa en el comedor a mi suegro, y de eso él se pegaba para nunca tomarla. Servía todo hirviendo y, ante los reclamos, alegaba: “Yo no sirvo para servir frío”.
Dormía poco por cuidar a mis hijos. Estaba pendiente cuando ellos abrían los ojos y, a veces, los despertaba antes para poder consentirlos. Carmen Alicia la regañaba suavemente. Elena nos daba una seguridad total y no podíamos perderla.
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