EL TIEMPO ES MOVIMIENTO



 Manizales, en mi infancia, era poco más que un punto de encuentro y de vivienda para propietarios agrícolas. Llegábamos a ella por carreteras sinuosas, faldudas y en mal estado, llenas de curvas en las cuales era imposible narcotizarse como en las autopistas gringas. Aquellas vías permitían fijarse en el paisaje, obligaban a observar los alrededores, nos permitían vivirlos, no simplemente atravesarlos.

Hoy pienso que allí vivíamos, no transcurríamos. Era la ventaja de estar en una ciudad pequeña. En los pueblos, las casas están demasiado cerca de los potreros: caminarlos es oler a yerba, a madera, a veces a cagajón. En las grandes ciudades, en cambio, lo importante es la velocidad para cruzarlas; no hay tiempo para disfrutarlas. Se quiere llegar rápido al punto deseado, y el comentario al llegar casi siempre tiene que ver con lo denso del tráfico. 

De joven salía, muchas veces envuelto en un girón de neblina donde alcanzan más los brazos que las miradas, a recorrer la carrera 23, llena de bares donde escuchaba la tristeza rebelde de los tangos, mientras miraba coperas y borrachitos. Más adelante, un delicioso olor a pandeyucas, el abrazo de un amigo y, siempre, la cercanía de lindas paisanas. A veces me tropezaba con Luz Marina Zuluaga… En Manizales surge la belleza, así no sea la hora de sus atardeceres.

Hoy vivo en Bogotá, la ciudad de la cual decíamos en Manizales que apenas puede producir afecciones al corazón y una vasta heredad de frailejones, y no quiero salir. El tráfico aturde. La ciudad avanza pavimentando tierras frías, planas y fértiles, pasando de producir alimentos a generar accidentes. Tiene muchos puntos hermosos, pero para llegar a disfrutarlos se requiere tiempo y vencer el temor a la inseguridad. A veces sentimos que no vale la pena volver a ellos.

Mi vida ya se volvió arqueología, y me asalta la posible imagen de mi entierro. Supongo que me sacarán en una gran camioneta de Funeraria Gaviria, y a buen paso. Añoraré la magnífica carroza de don Aparicio Díaz Cabal, con sus caballos engalanados y su rítmico andar.

 

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