MANIZALES PARANORMAL (o casi)

  

 




 

El Manizales de mi infancia lo marcaba un arraigado catolicismo que convivía con creencias mágicas. Se caracterizaba por relatos de espantos, brujería activa en zonas rurales y el reconocimiento a fenómenos paranormales.

Como si estuvieran contando del aterrizaje de una nave nodriza llena de extraterrestres, mis tíos hablaban de la llegada de los primeros globos aerostáticos, que llevaban a un arriesgado trapecista en sus vuelos. Referían un abrupto despegue de un gran globo, que arrancó uno de los postes que lo sostenía y que al subir ahorcó a una mula amarrada al poste. Ellos alegaban si había sido una mula o una yegua, pero siempre recordaron la espectacular ejecución en la plaza de Bolívar.

En esa ensoñación febril que da lo desconocido, nos visitaban tribus gitanas y junto a sus calderos y artesanías en bronce, atraían con la quiromancia, la adivinación del futuro a partir de las líneas y características de la palma de la mano. Aún era recordada Rosalía Mendoza, de ojazos negros y tristes, con faldas de colores, que se había afincado en Manizales. La gitana había leído la bienaventuranza a muchos parroquianos y allí murió con el recuerdo de los mil pueblos recorridos. Fue enterrada en el cementerio San Esteban, y bellamente “Mauricio”, un excelente cronista de La Patria, propuso colocar en su tumba el epígrafe, “Aquí yace un camino”.

El  Festival de Teatro siempre lo sentí como una experiencia paranormal. Vigente por más de cincuenta años. Me conectaba con un mundo extraño, que inundaba  la ciudad de arte, movimiento y memoria. Me ponía a vivir un sueño. 

Su antecesor fueron las marionetas de Sergio Londoño. Un teatrillo lleno de fuerza. Lo estrafalario se unía a cierta realidad extraña frente a los sencillos telones. El león bostezando junto a una mujer lavando en una quebrada. Subido en una palma se veía un pescado atragantado con una manzana. Las culebras suyas andaban por el aire. Sus presentaciones nos hacían reír. 

En mi adolescencia a mi casa llegaba el mago Eduardik. Era el novio de una joven vecina y nos presentaba con frecuencia sus habilidades como hipnotizador. Traía a su ayudante, comenzaba a hablarle suave, rítmicamente y él caía en trance. Lo hacía imaginar sensaciones usuales como calor o frío, luego le ordenaba cantar ópera o le vendaba los ojos y así localizaba objetos pequeños y escondidos. Algo sorprendente. Me molestaba, que aprovechando el estado de trance le pedía que en el futuro aceptara siempre sus órdenes.

 Ya captado el auditorio le pedía que le dijera, a cada uno, donde residía su fuerza magnética, hipnótica. Luego nos ofrecía enseñarnos a dominarla. Mi fuerza la localizaron en un punto triste, mi ombligo. 

La magia más poderosa que acompañaba al mago, era la que alborotaba mis nacientes hormonas, su suegra. Una valluna joven, atractiva, de cuerpo embrujador, que sentada cerca al prestidigitador me aclaraba que la belleza no es un truco, y que en Manizales lo normal podía ser una mera ilusión.  

Comentarios

  1. Entretenida anécdota y divertido ese final. Gracias por darnos motivos de risa, el mejor energizante.

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