LEJOS DEL MAR
Manizales está muy lejos del mar. No podía mirarlo y quería hacerlo. Ilusionado con las lecturas de Julio Verne soñaba con el mar en la orilla de la represa de Cameguadua en Chinchiná. Por años fue lo mas parecido que estuvo a mi alcance. No pude ver al Nautilus, ni a su capitán Nemo, ni siquiera un tiburón. Me tenía que contentar con mirar una zabaleta.
Mi primer contacto visual con el mar fue en Venezuela, en una excursión del colegio. Apareció, mágico, en una curva de la carretera Caracas – La Guaira consolándonos a los viajeros del maltrato del ejército venezolano. Al pasar por los grandes viaductos de la carretera les habíamos tomado mil fotos, nos detuvieron y exigieron, bruscamente, que teníamos que abrir nuestras cámaras y velar los rollos porque eran secreto militar y debían protegerlos. Estaban en la dictadura del general Carlos Pérez Jiménez, envalentonados con el desarrollo petrolero y el populismo imperante. Éramos unos insignificantes colombianos. La tradicional habilidad de los jesuitas nos libró del abuso.
El contacto se quedó en lo visual. Otro año la excursión del colegio fue a San Andrés pasando por Cartagena. Quedé deslumbrado. Abusé de las playas y mi espalda me pasó la cuenta por vivir con un pequeño snorkel puesto tratando de mirar la vida submarina. Quedé desollado y por varios días tuve que sufrir el ardor y untarme mil potingues.
La vida me ha permitido disfrutar del mar en muchos lugares y ya no es mía la balada del mar no visto de León De Greiff:
Mis ojos
–vigías horadantes, fantásticas luciérnagas;
mis ojos avizores entre la noche; dueños
de la estrellada comba;
de los astrales mundos;
mis ojos errabundos
familiares del hórrido vértigo del abismo
mis ojos acerados de vikingo oteantes;
mis ojos vagabundos
no han visto el mar...
Con mi apego al paisaje de mi infancia, lleno de verde, de montañas, de nevados, llego a pensar que para mí, este hubiera podido ser suficiente.
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