VIAJANDO EN DC3
Hace muchos años, el aeropuerto de Manizales era Santágueda, en Palestina, cerca de donde hoy se construye el Aeropuerto del Café. Salíamos por Campohermoso, pasábamos por La Linda, La Cabaña, Tres Puertas, dando tumbos por una carretera destapada y estrecha; si caía un derrumbe, no había vía alterna.
Operaba desde 1948. Pronto llegaron, y reinaron, los DC-3. Eran aviones resistentes, algunos de los cuales aún trabajan en nuestros Llanos Orientales. Su capacidad normal era de 21 pasajeros. La cabina, empinada, parecía diseñada para manizaleños, duchos en subir cuestas. Los asientos eran cómodos, lo suficiente para que cualquier viajero pudiera estirar las piernas. La atención a bordo era amable. A pesar del temor que me imponía el viaje, yo soñaba con volar.
Lo logré siendo niño y en un vuelo desde Bogotá, viví una experiencia inolvidable. Creo que aún conservo los arañazos de una muy distinguida solterona manizaleña que viajaba a mi lado. El trayecto fue atroz. En cada sacudida gritaba y se aferraba ferozmente a mi brazo. Lo hacía tan fuerte que yo apenas oía el ruido de los motores y sentía que los oídos me estallaban. Para mi desgracia, yo también estaba asustado por las turbulencias y desesperado por mi vociferante vecina.
En un momento de angustia le grité: «¡POR FAVOR, MÁTASE CALLADA!». La solterona se desmayó.
Entré entonces en una angustia existencial. Era terrible regresar a Manizales al lado del “cuerpo del delito”. La escena me parecía infernal y, en el fondo de mi corazón, llegué a pedirle a Dios que se cayera el DC-3.
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