MI TÍO HERNÁN LONDOÑO LONDOÑO
Era el menor de los dieciséis —sí, dieciséis— hijos de Justiniano y Mercedes. Alto, bien parecido. Las compañeras de María Victoria, su hija mayor, buscaban invitarse a su casa, con cualquier disculpa, para mirarlo. Sin ínfulas aristocráticas ni intelectuales, sencillo y siempre dedicado a sus labores agropecuarias.
Este ejemplo retrata bien su temperamento: alguna vez un primo, el cura Octavio, en una reunión familiar, decidió mostrarnos en detalle nuestro árbol genealógico. Allí aparecía que el primer Londoño en llegar a Colombia había sido un importante propietario de tierras y esclavos: don Juan de Londoño y Transmiera. En medio de aquella solemnidad, Hernán comentó:
—Ahora tengo claro que descendemos de “Transportes Mierda”.
Siempre tuvo un espíritu alegre y positivo. Así afrontó la pérdida de dos falanges de su dedo anular derecho en un accidente en la finca. Afirmaba que aquello le había hecho ganar dinero: cuando iba a comprar algo, sacaba la mano derecha con la palma extendida y el vendedor interpretaba el gesto como una oferta de cinco mil pesos. Hernán aceptaba… y solo pagaba cuatro mil trescientos.
También contaba que, cuando iba al mercado a comprar frutas —papayas, por ejemplo—, las palpaba para comprobar su maduración. Entonces la vendedora, furiosa, le decía que tenía que llevársela porque “ya le había metido el dedo”.
Todos los años nos invitaba a su tradicional "matada de marrano"; una larga ceremonia paisa que él procuraba respetar en todos sus detalles. Iniciaba con un sumario juicio verbal al pobre cerdo. El fiscal lo acusaba de ladrón de cosechas, de sucio, de gruñón, de mil cosas, y el abogado pretendía defenderlo. Algo gracioso dependiendo de los actores. La sentencia era la misma: muerte vil, la que se lograba por la introducción de un largo y estrecho punzón en su corazón. Mi tío, apenas estuve en capacidad de hacerlo, me dejó la función de verdugo. Todo un placer.
Hernán se tomaba sus buenos aguardientes. La más famosa tomata ocurrió cuando, bebiendo con el dueño de la principal empresa de transporte de Caldas, la Empresa Arauca, comentó que había tomado trago manejando un caballo, una zorra, un carro, una lancha y hasta un tractor, pero nunca un bus.
De inmediato, su amigo transportador mandó traer un enorme bus nuevecito y le entregó las llaves. Procedieron a llenarlo de aguardiente, músicos y amigos parranderos, y se pasearon en plena día por todo Manizales, con mi tío al volante, haciendo estragos con aquel incómodo vehículo. Fue una parranda de antología.
Aún hoy mi tío me hace falta, falta su voz diciéndome: “Ánimo sobrinito”, y a veces lloro recordando su secuestro y asesinato por la guerrilla del EPL. Esa guerrilla fue posteriormente amnistiada, y su jefe ocupó años después importantes cargos diplomáticos. Alguna vez, en una entrevista, le preguntaron por el secuestro y asesinato de Hernán. Simplemente respondió:
—Fue un error político.
Enorme “error” que aún me llena de lágrimas.
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