SEGUNDO ALIENTO
Lo que mejor revela a un hombre es la mujer que elige.
(José Ortega y Gasset)
Comenzaba a estudiar en la Universidad Nacional de Medellín. Venía de un año que había sido básicamente un año perdido y fui capaz de sentir remordimiento. Traté de ajuiciarme y meterme a fondo en mi Zootecnia
La razón de estos cambios positivos, de este segundo aliento, tenía figura de mujer. Un compañero de estudio, quien vivía en Bucaramanga, me invitó a la importante feria ganadera de esa región. Era un poco más joven y lo habían convidado a una fiesta para celebrar los 15 años de una amiga. La quinceañera, al enterarse de que tenía un compañero de estudios en su casa, muy amablemente me llamó a invitarme. Algo ineludible. Yo pensaba que no me habían gustado mucho dichas fiestas, y a mis 22 años las miraba como retozos infantiles.
Por cumplir, llegué puntualmente a la fiesta. Felicité a la quinceañera y me senté donde pude, sin conocer a nadie, ansiando un buen trago para animarme y calmar la sed. Era un ron con Coca-Cola, pero el licor me pareció desafortunado, Buck 58 de las rentas de Santander. Yo añoraba mi ron viejo de Caldas, pero necesitaba ese trago, algo de alcohol, para ambientarme.
No había terminado de acomodarme cuando la figura de Carmen Alicia Amaya resaltó en el conjunto de niñas, amarrando mi atención por algún especial encanto. La invité a bailar y prácticamente no nos separamos en toda la fiesta. Me cautivó y caí en un súbito enamoramiento.
Volví la universidad con la nueva ilusión. Llamaba con frecuencia a Carmen Alicia, le escribía sentidas cartas y me atreví, telefónicamente, a declararle mi amor. Fue un paso en falso. Con madurez ella afirmó que era algo prematuro, que no era el momento, y terminó, diplomáticamente, no aceptando y dando las gracias.
Mi autoestima se despedazó, quedé herido, y desde mi soberbia me comprometí a enterrar completamente este enamoramiento y todas sus ilusiones. Traté fielmente de cumplirlo.
Esto fue imposible. Me llegó una pequeña esquela de Carmen Alicia en la que me agradecía las atenciones y terminaba con una frase que para mí era una verdadera confesión, “Bucaramanga está siempre dispuesta a recibir a los visitantes”. Sentí clarines de triunfo y seguí con el asedio a una fortaleza que ya sentía vencida. Se multiplicaron cartas y llamadas, y programé un viaje para tratar de dar el asalto definitivo.
El éxito coronó mis afanes, estaba feliz, ya tenía novia y, comprobando que “Bucaramanga está siempre dispuesta a recibir a los visitantes”, me transformé en un asiduo convidado. Comenzamos un constante flujo de cartas amorosas. Decidí conservar todas las respuestas, en sus sobres numerados, incluyendo, como copia de mi carta inicial, el borrador que siempre hacía. En mis solitarias noches solía releerlas.
Aún hoy lo hago. Las tengo todas empastadas con sus debidas respuestas. Sigo felizmente enamorado.
Escribir en tono romántico también te sale con éxito, como aquel enamoramiento.
ResponderBorrarSoy testigo fiel de ese amor
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