MI TIO FERNANDO LONDOÑO LONDOÑO


                                                                                                  

Yo quedé huérfano de padre desde la cuna. En Manizales, en mi infancia, era usual denominar a los niños apoyándose en el nombre de su padre. “ahí va el hijo de fulano”. Ante el vacío se referían a mi como “ahí va el sobrino de Fernando”. 

Con semejante advocación me tocó ser muy cuidadoso. Tenía que reflejar a un emblema de cultura y civismo y me era difícil. Para completar Fernando Londoño hijo estudiaba conmigo y lo hacía mejor. 

El primer recuerdo de mi tío es en penumbra, en la casa de su suegro don Guillermo Hoyos, en un medio oscuro total obligado por la grave enfermedad de mi tía Melba que le obligaba a rehuir la luz. Lo veía amoroso al lado de su esposa. Linda imagen que llevaba al silencio.

Los tuve cerca por la amistad de mi mamá con doña Amanda Botero de Hoyos, suegra de mi tío. No le gustaba salir, vivía enclaustrada, más por la enfermedad de su hija, y la única persona que rompía ese ostracismo era mi mamá con su alegría. La invitaba a pasear en su carro por Manizales, creo hasta la asustaba un poco por su impulsivo manejo y para tranquilizarla era capaz de hacerle tomar dos aguardientes. Como para Ripley.

Llegó la salud, la luz del sol y la palabra. Mi tío tenía ese don y me hechizaba oyéndolo. Pronto trajo a mi vida a José Ortega y Gasset. Me hizo descubrirlo y admirarlo. Me prestaba sus libros y controlaba su lectura. Un magnífico regalo intelectual que aún disfruto. Por medio del ibérico mi tío sigue apoyándome en la vida.

Le llegaron compromisos políticos y se trasladaron a Bogotá. Sentí la ausencia. Se acabaron mi formación intelectual y los paseos al campestre con incipientes clases de golf dirigidas por Fernando. Aún no sé jugarlo, pero sigo embelesado con la prosa de Ortega.

En mi casa mi tío era una obligada referencia. De su embajada en Francia, en el Brasil, de su ministerio en Relaciones exteriores, de su gestión como ministro de Gobierno, de sus tremendos discursos en el congreso, de sus avatares políticos. No podía estar más cercano.

Por poco se atraviesa en mi matrimonio. Ya teníamos la fecha y a mi tío lo secuestraron. Todo lo familiar en los Londoño quedó en suspenso. Tuvo que pagar rescate. El retornó a la vida y yo al programa de esponsales para comenzar la vida a dos. Entre su liberación y mi matrimonio pasaron muy pocos días. 

Sigo casado y releyendo a Ortega. En el trasfondo de esas lecturas está mi tío resaltando que el hombre no tiene naturaleza sino historia, que no existe un ideal de belleza, cada ser arrastra el suyo; como nuestra perspectiva les da un orden personal a las cosas. El mundo depende de mi punto de vista. Herramientas para el buen pensar. Sigo agradecido.

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