YO CARACOLA
Mi hermana, Berta Lucía, lo usa como nombre en su WhatsApp, y no es casual. En efecto, se ha transformado en una diligente caracola pionera del cultivo comercial de escargots en Colombia. Siempre ha sido abierta a las nuevas ideas y tenaz para perseguirlas. Las precisa, las estudia a fondo, las trabaja duro. La admiro.
Quiero darle la palabra para que nos cuente el origen de esta “pasión francesa”:
“1985, Bordeaux, Francia. Hospedada en un pequeño hotel en la zona rural, paseaba por sus jardines a una hora cercana al almuerzo cuando tuve una experiencia olfativa inolvidable: el olor a pan francés recién salido del horno… y algo más. Ese ‘algo más’ eran escargots à la bourguignonne. Los probé, y ese sabor me marcó. Era la primera vez. Pensé también que sería imposible producirlos en el trópico”.
En 1990 vivía en Felidia, en una zona rural de Cali, aprendiendo a ser campesina. Un amigo galo, curiosamente, le pidió que le cuidara un pequeño lote de caracoles y le dejó un manual en francés. Ella, como buena alumna del Sacre Coeur de Manizales, conocía el idioma, le gustaba practicarlo y aceptó el encargo. Los dejó en una repisa de su jardín, les molió finamente comida para perros, con lechugas y agua. Luego se fue a la cama a leer el manual, decidida a estar preparada. Al despertar descubrió, con tristeza, que las hormigas se habían comido la mitad de los caracoles.
Buscó a unos amigos franceses, quienes le proporcionaron veinte ejemplares en excelente estado. Ellos mismos habían intentado cultivarlos, pero un vendaval desbarató sus sueños y los dejó en estado silvestre. Los cazaron. Mi hermana, precavida, los acomodó a dormir —como niños mimados— al lado de su cama, lejos de las hormigas.
No se detuvo ahí. Realizó numerosos ensayos para lograr su cultivo en el trópico. Aprendió a alimentarlos, a reproducirlos, a simular el invierno nórdico, y fue mejorando los resultados. En el camino hizo muchos amigos y también aparecieron imitadores. Parecía un proyecto prometedor, del que con alma vida y sombrero ella logró a hoy, lo que ha sido el cultivo más serio y el conocimiento más importante en esta región colombiana sobre su explotación comercial .
Para prevenir problemas legales, acudió a la CVC en busca de orientación y para cumplir con la normativa. No tenían la menor idea; ni siquiera sabían que se trataba de un delicado plato culinario. Su consulta solo sirvió para alertarlos. La visitaron y quisieron decomisar los caracoles como posible riesgo ecológico. Finalmente, para no complicarse, aceptaron dejarlos bajo su custodia.
Con la llegada de internet la información se hizo más accesible. Creció la curiosidad y muchos quisieron incursionar en el cultivo, creyendo que era fácil y rentable. Lograron interesar a algunos políticos quienes presentaron un proyecto de ley sobre el tema. Pasaron doce años en trámites hasta que se aprobó el cultivo y el proyecto llegó a la firma presidencial. Pero, al considerarse un asunto menor, permaneció dos años congelado.
Finalmente, el presidente Uribe firmó la ley. Fue un momento emocionante para mi hermana y sus amigos. Se lanzaron a hacer realidad sus sueños, olvidando un detalle crucial: la reglamentación. La burocracia, fiel a su naturaleza, lo enredó todo. Impusieron trámites y requisitos que, en la práctica, volvieron inviables los proyectos. El principio parecía ser: ¿para qué hacer fácil lo que podemos hacer difícil?
Hoy, en Colombia, del asunto solo quedan los caracoles silvestres… y el ejemplo de una mujer comprometida , que persiguió sus sueños, los hizo realidad en mucho al no dejarse intimidar por el reto y que hoy puede mirar a cualquier francés a los ojos y decir con orgullo, que la caracola colombiana es ella.
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