MI TÍO LEÓN LONDOÑO LONDOÑO
El 25 de abril de 1944 salía solemnemente de la Catedral de Manizales la pareja que aparece en la foto realmente recién casados. Sorprendentemente, no se dirigieron a su fiesta de matrimonio, sino a la cercana casa de mi padre, quien estaba a las puertas de la muerte a causa de un cáncer. Yo era apenas un recién nacido. Fue una hermosa y triste despedida que mi madre jamás olvidó.
Mi tío León fue un importante caficultor. Gracias a su trabajo cuidando la herencia de los Londoño en la hacienda La Arabia, pude contar con apoyo económico para realizar mis estudios y establecerme en Bogotá.
Le estoy agradecido, aunque me resulta difícil desprenderme de la imagen temible que tenía de él en mi niñez: la del odontólogo que me atormentaba intentando arreglarme un diente partido, con unas manos que yo sentía enormes para mi pequeña boca y que, además, se daba el lujo de regañarme cuando brincaba, precisamente porque era mi tío.
El diente partido fue cortesía de mi primo Oscar Williamson, quien, cuando éramos niños, me hizo caer a la piscina de la finca. Esa fue su primera intervención como dentista. Después se graduó y, en algo, mejoró la técnica.
Pero también conservo recuerdos más amables de León. Además de odontólogo y cafetero, era un extraordinario conversador. Después de cada cosecha viajaba con Matilde; mientras más lejos, mejor. Regresaba lleno de anécdotas y apuntes. Yo era joven y me fascinaron sus relatos sobre la libertad sexual en Suecia: unas lo daban, las otras también, y todo ocurría dentro de la más perfecta normalidad.
Para mí son inseparables las imágenes de La Arabia, la finca familiar, y la de León como gerente de la sociedad Londoño Hermanos. Desde muy temprano impartía órdenes y cuidaba cada detalle, algunos tan curiosos como la prohibición absoluta de tener perros.
Dormía una siesta sagrada y me contaron que alguna vez lo despertó el graznido de un hermoso pavo real posado en la baranda del corredor. Se levantó enfurecido y disparó su revólver para espantarlo. Por poco lo mata y, ante los reclamos, alegaba que el animal lo estaba llamando, que decía estruendosamente: “León, León, León”, y eso no podía aceptarlo.
Al atardecer se sentaba en una esquina del corredor del segundo piso con su libreta, programando tareas. Nunca le faltaban la libreta, el hielo, unos vasos y una botella de ron. Eran cuatro vasos, cada uno con una generosa rodaja de limón mandarino. Si se sentía gordo, tomaba el ron puro o con agua, aunque con frecuencia terminaba mezclándolo con Coca-Cola.
Sin música, solo pensando.
Después de definir las tareas llamaba al eterno administrador de la hacienda, José Jaramillo, quien siempre estaba sentado al atardecer en el primer piso, en la misma esquina. Él también pensaba y anotaba cosas en su libreta. La diferencia era que tomaba aguardiente.
Trabajaban juntos un rato y luego cada uno volvía a su sitio. Pronto entendí que no querían compañía y que, si yo quería tomarme unos tragos, debía hacerlo en otro lugar.
Pero tuve mi desquite: con Juan Manuel Sanín, visitante habitual, descubrimos cómo desmontar las bisagras y abrir una puerta del viejo escaparate del tío para robarle, ocasionalmente, una botella de su amado ron. Tenía tantas que nunca se dio cuenta. De la que nos libramos Juan Manuel y yo.
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