MI TÍO LEONIDAS LONDOÑO LONDOÑO.

  

Para muchos era Don Leo, un importante dirigente cafetero. Para mí era mi tío. Era visita obligada en mis escasos viajes a Bogotá. Creo tenía algo de interesada por andar siempre con limitados recursos.



Al graduarme de zootecnista vine a parar en Bogotá y pude tener con él cercanía. Sus comentarios aprendí a recibirlos con beneficio de inventario para podarlos de excesos, y a aceptar sus órdenes sin comentarlas. Autoritario le encantaba darlas. Siempre lucía su sentido práctico, sin arandelas retóricas. Llamaba pan al pan y vino al vino y aprendí a no contradecirlo. Eran conversaciones muy agradables.

Por mi apego a temas familiares le picaba la lengua. Hablábamos de Justiniano, mi abuelo, y su seca respuesta cuando Leonidas le contó que quería dejar de estudiar en Popayán: “Amplio es el mundo y hombre es usted”. No le mandó un peso para devolverse. Volvió a Manizales para trabajar en La Arabia, una de las fincas de Justiniano.

Por muchos años dirigió el Comité Nacional de Cafeteros y era el poder en la sombra del Banco Cafetero. Yo acababa de llegar a Bogotá y él me presentó en la sucursal del edificio Pedro A López, donde tenía su oficina. Hicieron a toda prisa los trámites para abrirme una cuenta corriente y me entregaron la chequera. Al final de la tarde me llamaron muy apenados: se les había olvidado tomar mi firma y mandaban un mensajero a mi oficina para enmendar el yerro. Leonidas los ponía temblorosos.

 

En algún momento crítico de Manizales reunió a varios coterráneos, amigos importantes, y les propuso que cada uno impulsara una gran obra para la ciudad. Cumplió su parte, estimuló un gran edificio y se construyó. Sin él proponérselo lo bautizaron con su nombre. Así yo me inflaba diciendo que las más grandes construcciones de Manizales tenían que ver conmigo: el estadio Fernando Londoño L y el mayor edificio: Leonidas Londoño L. Me libré de la Catedral por no tener al padre Adolfo Hoyos en mi genealogía.

 

Visitando a mi tío en Manizales, cuando sus limitaciones físicas lo sacaron de los 3.600 metros más cerca de las estrellas y lo volvieron a su solar nativo, a la finca de Justiniano en zona cafetera, me pidió lo llevara a Manizales. Estando en la ciudad me ordenó frente al edificio de su nombre: “Estacione aquí” y yo traté de hacerlo. Un celador se opuso bruscamente diciendo que no estábamos autorizados. Leonidas, mostrándole el gran letrero del nombre del edificio, le dijo “que dice ahí”, luego le mostró su cédula y le dijo “que dice aquí”. Creo que aún al celador no se le pasa el susto. Casi arranca la puerta para abrirnos.

Alguna vez su hijo Jorge Hernán le trajo unos magníficos botines ingleses. Se los midió y los sintió apretados. Me los pasó y yo, de talla ajustable, me los apropié. Quedé feliz, aunque, en el fondo, pensaba que meterme en los zapatos de Leonidas me quedaba muy grande.

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