MI SORDERA




 Me ha gustado el silencio; lo recomiendan los místicos. Así lo quiero y lo busco, pero es algo terrible cuando es forzado. Recuerdo, con horror, largos días totalmente sordo por una fuerte amigdalitis a mis seis años. Me aferraba a mi mamá para sentirme vivo; me sentía aislado. Me extrajeron las amígdalas y poco a poco me recuperé.

No del todo.

Hace años me practicaron unos exámenes médicos muy completos y detectaron un foco paroxístico en el cerebro, triste recuerdo de aquella afección. Además, una sordera larvada que, poco a poco, se ha ido manifestando.

Al comenzar el siglo se hizo notoria y mi entorno familiar insistía en que buscara audífonos. Me demoré, era un síntoma de vejez y me costaba aceptarlo.  Presionaron y me sometí a una audiometría como paso inicial.

La doctora me animaba a usar esa ayuda técnica. Insistía basándose en mi triste resultado audiométrico: no podía escuchar correctamente sonidos agudos, una barrera para oír a las mujeres y a los niños. Emocionado, le dije a la médica, como en la comedia “Pelota de letras”, deje así.

Ella no podía creerlo. El problema es  serio —me explicó—  no distinguía bien los sonidos, me decían “perro” y yo entendía “vaca”. Me tocó aceptar y desde entonces uso audífonos, cada vez más sofisticados y costosos.

Yo pretendía sacarle algún provecho a mi sordera, como lo hacía mi tío Hernán Londoño con su dedo mocho, le ofrecían una papaya en cinco mil pesos, él abría su mano afectada y la agitaba, cerraba el negocio y hacía el ademán de pagar cuatro mil. Venía el simpático alegato, pagaba los cinco mil, pero siempre le daban algo de encima.

En mucho he logrado ganancia. Mi sordera, unida a la edad avanzada, me da la disculpa perfecta para escuchar solo lo que me da la gana.

 

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