ME SACAN A VIVIR JUICIOSO



Finalizando mis estudios de zootecnia estaba en el departamento de Nariño, en una excursión sobre ovinos. Estaba tan lejos que no pudieron informarme oportunamente de la muerte de mi mamá. No alcancé a llegar al entierro. Llegué a Manizales estrenando desamparo, y allí pude cobijarme bajo el manto protector de mi novia, Carmen Alicia. Fue un oasis. Me permitió volver a soñar.

Luego, la vida normal —marcada por la ausencia materna— me atropelló. Comencé a sentirme como corcho en remolino, sin dónde anidar, perplejo. Dejé las cosas heredadas en la casa de las tías Jaramillo y regresé a mis estudios en Medellín.

Al llegar, me buscaron mis mejores amigos, pero notaba que me ocultaban algo. Al fin me lo contaron: según ellos, cronológicamente yo ya debería estar casado con Carmen Alicia. Durante mi excursión ovina, habían enviado muchas tarjetas de invitación a mi supuesto matrimonio a cuanto familiar y amigo pudieron recordar. No encontraron peor momento para su chanza y querían que se los tragara la tierra. Llegué a querer lo mismo, pero decidí no perder a mis amigos.

Poco tiempo después, de visita en Bucaramanga, afloraron mis angustias. No sabía qué hacer. Comenté que no quería irme a vivir con mi hermana a Cali, ni regresar a mi apartamento en Medellín; y el querido refugio de los Jaramillo, en Manizales, lo veía muy estrecho para mi vida de adulto. De forma inmediata, desde su amor y su profunda lógica, Carmen Alicia dio la respuesta:

—Casémonos, Luis.

Sentíamos la madurez de un amor sostenido tanto tiempo a distancia, la necesidad de estar juntos, la orfandad y la oportunidad del momento. Ya teníamos lo elemental para vestir la casa, gracias a mi herencia materna, y algún dinero para vivir, fruto remoto de los trabajos del abuelo Justiniano Londoño. Acepté; le di un inmenso y trascendente abrazo. Volví a sentirme en tierra firme.

Pedimos el permiso inmediatamente. Fue una sorpresa total, pero apoyaron nuestro proyecto. Surgieron los preparativos, el ajetreo de los suegros para lograr una ceremonia hermosa y llena de sentido. Lo lograron. Fue en una finca de Girón, con capilla, en una linda casa campestre.

Hubo una excelente fiesta, con algo de lluvia —presagio de felicidad—; un amable encuentro con amigos y familiares. Surgió el comentario sobre la sorprendente tranquilidad del novio. Les respondí solemnemente que esa tranquilidad nacía de la absoluta seguridad de lo que estaba haciendo. Aún hoy la sigo disfrutando.

 

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