MI MAMÁ PASTORA JARAMILLO GUTIÉRREZ ( simplemente, Pastorita).


 

No necesitaba apellidos en Manizales. Era una verdadera institución, con criterios y comportamientos muy propios e independientes, que muchas veces chocaban con los del mundo godo que la rodeaba. De pocos rezos, muchas canciones, buenos aguardientes y una apertura social poco común, particular para su medio y para su condición de viuda. En aquella época, las viudas solo podían rezar, tejer y cuidar de sus hijos. Consagrarse a la ausencia.

Por mi casa pasaron y en ella celebraron personajes encumbrados y campesinos. Pastorita era capaz de recibirlos al mismo tiempo, sin que nadie se sintiera incómodo. En sus famosas y magníficas tertulias musicales, el único requisito para participar era el amor por la música. Llegaban personas de toda índole: músicos prodigiosos, estudiantes venezolanos —muy comunes entonces— y hasta homosexuales, algo impensable en nuestro medio conservador. Toda la fauna bohemia de Manizales, incluidos el dúo de moda, bailarines de tango y declamadores, pasó por aquellas tertulias.

Mi mamá era una gran recitadora de salón: colocaba una silla frente a ella y, apoyada en el respaldo, declamaba El brindis del bohemioClaveles rojos y otros poemas escritos especialmente para ser recitados. Les imprimía una emoción particular.

Era criticada, y ella lo sabía. No le daba importancia ni aceptaba intromisiones. Recuerdo, por ejemplo, que alguna vez se tomó un trago de más —algo muy raro en ella— y yo me atreví, al día siguiente, a reclamárselo. No me respondió directamente; en cambio, me hizo una pregunta:

—Mijo, ¿usted sabe cuál es la única ventaja de las viudas?

Al no obtener respuesta, sentenció solemnemente:

—La única ventaja de las viudas es que nos mandamos.

Así aprendí a respetar su independencia.

Durante mi primera infancia la situación económica fue difícil; vivíamos “arrimados” en casa de mi abuela materna. Mi mamá bordaba día y noche y organizaba fiestas de matrimonio en los pueblos cercanos. Aquello exigía una logística enorme y, creo, le trajo más dificultades que dinero. La vi, con tristeza, empeñar más de una vez su acordeón para cubrir algún gasto.

Con los años se resolvió el tema de la herencia paterna y pasamos a ser propietarios de una sencilla casa de dos pisos en un barrio de clase media baja. La casa nos proporcionaba algún ingreso y muchos problemas con los inquilinos. También recibimos una participación en la finca familiar La Arabia, dedicada al cultivo del café.

Mi mamá siempre se hizo querer. Cuando estábamos en la finca, con frecuencia llegaban grupos de campesinos a darle serenata; ella salía, cantaba con ellos y hasta se tomaba un par de aguardientes.

Durante mucho tiempo dictó cursos de bordado en la cárcel de mujeres, y yo disfrutaba respondiéndole a todo el que preguntaba por ella que mi mamá estaba en la cárcel. Y era verdad.

Pastorita murió a los cincuenta y dos años, víctima de un infarto fulminante. Estaba acostada en su cama, preparándose para dormir mientras ensayaba una nueva canción en su tiple. Murió en su ley. No dudo que, desde entonces, está haciéndole desorden a San Pedro y alegrando a vírgenes, santos y ángeles, pese a las dificultades para conseguir aguardiente.

 

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