MI TIA LAURA LONDOÑO LONDOÑO
Ella vivió casi toda su vida en Bogotá. Cuando era niño la encontraba fugazmente en mis escasos viajes a la capital. Para mí, con el tiempo, se transformó en un ángel.
Apareció radiante en mi matrimonio en Girón, en un momento especialmente difícil. Acababan de liberar a mi tío Fernando de su secuestro y ella, junto con su esposo, fue la única representante de los Londoño.
Ya antes me había hecho sentir su manto protector al invitarnos a pasar nuestra luna de miel en su preciosa finca de Fusagasugá. Fueron días largos y dulces, llenos de atenciones y con todos los gastos pagados. Yo solo tuve que poner la novia.
En Bogotá nos ayudó en nuestros trasteos y solucionó un asunto fundamental: conseguirnos empleada de servicio. Así llegó Toñita, una mujer excepcional que terminó ganándose el cariño de mis hijos. Durante un tiempo también nos acogió en su casa mientras arreglábamos la nuestra.
Fue una maestra de la prudencia, del vivir la enseñanza bíblica de “que tu mano izquierda no sepa lo que ha hecho la derecha”, del perfil bajo, pero con un enorme calor humano, a pesar de su aparente sequedad.
Tuvo una relación muy cercana con mi esposa, Carmen Alicia. Se convirtió en su persona de confianza para los asuntos de la efímera Fundación Justiniano y Mercedes. Gracias a ello, Carmen Alicia se integró plenamente a la familia y aprendió a quererla profundamente.
Después de algunos trabajos como zootecnista, me lancé a perseguir el sueño de crear una empresa propia. Hice un arreglo con mi primo Jorge Hernán y traté de acomodarme en sus oficinas. Sin embargo pronto necesité una oficina con más espacio y privacidad, aunque mis limitaciones económicas me impedían alquilarla.
Entonces volvió a aparecer mi tía con su silenciosa protección. Después de hacerme prometer que no se lo diría a nadie, me ofreció gratuitamente una excelente oficina en la calle 85 con carrera 20: un sitio verdaderamente envidiable.
Lo más interesante fue su manera de ayudar. Laura quería aliviarme la carga, pero no cargarla por mí. La oficina era prestada únicamente por un año, sin prórroga posible. Era una ayuda inteligente y motivadora: invitaba al esfuerzo, no al desgreño.
Cumplí mi parte. Mis proyectos despegaron y, con enorme satisfacción, pude pagarle el primer arriendo al terminar aquel año.
Sé que, al revelar ahora este apoyo fundamental de Laura, me arriesgo a que alguna noche venga a jalarme las patas.
Ya no necesito un milagro especial ni viajar al cielo para conocer un ángel. Yo tuve uno muy cerca.
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