MI TÍA MERCY LONDOÑO LONDOÑO
Ella siempre fue atrevida. Iba adelante. Estudió cuanto pudo en su ciudad: educación formal, clases de pintura y de violín. Mi tío Arturo Jaramillo afirmaba que, a Justiniano Londoño, mi abuelo, le habían impuesto una multa por los ruidos extraños y a deshoras producidos por aquella aprendiz de violinista.
Sin embargo, para ella lo principal fue la educación práctica que Justiniano imponía a sus hijos. Les organizaba detalladas excursiones de acuerdo con sus edades. Mercy viajó, junto con sus hermanos menores, a Cartago y luego a Buenaventura para conocer los trenes y los barcos. Justiniano les hacía explicar cómo funcionaban, la importancia del vapor, de las vías y del comercio. Ella disfrutaba pidiendo que la dejaran pitar, tomar el timón, observar los cargues y descargues. Años después les decía a sus nietas:
—Aprendía mucho, pero no entendía nada.
Llegó entonces la tremenda crisis de 1929-1930 y la economía de guerra al hogar de los Londoño. Sacaron a los hijos del colegio. Mercy no quería abandonar sus estudios y, directamente, sin autorización paterna, se presentó a un colegio público y gratuito. Aquello fue casi una revolución: una niña tan distinguida en ese colegio. Pero ella se impuso y continuó aprendiendo.
Llegó la juventud y también un nuevo obispo a Manizales: monseñor Juan Manuel González. Entre su séquito —importado desde Rionegro, Antioquia— venía su sobrino Jesús Williamson, descendiente de un médico escocés traído para trabajar en las minas de oro; tímido y de marcado aspecto extranjero. Mercy lo observó atentamente durante el desfile del obispo y decidió, tajantemente, conquistarlo. Le montó una verdadera cacería amorosa. Lo logró e hizo feliz al “extranjero”. Ese trofeo de Mercy nos alegró con su cariño a todos sus sobrinos.
La vida la transformó en cafetera. Amó y trabajó intensamente su finca Santillana. Tuvo dificultades por el robo de café en los cultivos por parte de algunos vecinos. Fiel a su espíritu atrevido, mandó ensillar su caballo blanco para salir de ronda por los linderos. El mayordomo se opuso por considerarlo peligroso. Mercy le respondió que ella no lo obligaba a acompañarla. El hombre, fiel, no la dejó sola.
Ese mismo carácter la llevó a organizar reuniones en su casa, convocando a todos los vecinos, en pleno toque de queda impuesto por el dictador Rojas Pinilla, para ayudar a derrocarlo. A mi prima Gladys la ponía en la ventana más alta para vigilar una posible llegada del ejército. Sobrevivieron.
Alguna vez la visité y, al ver muchas cajas en el suelo, pregunté si estaban de trasteo. No era así. Era mi tía acopiando ayudas para las víctimas de los frecuentes derrumbes en los barrios pobres. Su catolicismo era un compromiso social; no podía quedarse solamente en ceremonias litúrgicas.
Quisieron llevarla al Concejo Municipal e hicieron varios intentos. Tristemente, no tuvieron éxito. Estoy seguro de que la capacidad de mi tía la habría llevado a una carrera política de nivel nacional.
Yo estudiaba en el colegio San Luis Gonzaga, un poco alejado del casco urbano, y el primer edificio que encontrábamos era donde ella vivía. Una vez pasaba con algunos de mis compañeros de sexto de bachillerato a buscar transporte. Estaba en la puerta y nos detuvimos a saludarla. Veníamos hablando de novias. Con su gracia habitual nos explicó que, para elegir esposa, lo más importante no era la clase social, ni la belleza, ni el éxito, sino una condición indispensable: la inteligencia. Decía que lo más terrible para un hombre era tener que convivir con una bruta.
Aún agradezco aquel oportuno consejo. Lo cumplí.
En ella se pudo haber inspirado Ortega y Gasset cuando dijo: “Para ver algo claro, ve a tierra de mujeres”.
En mi hogar, paso la vida con una esposa inteligente y disfrutando de bellos cuadros de su autoría que no me permiten olvidarla.
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