MI TÍO ARTURO JARAMILLO GUTIÉRREZ
Arturo Jaramillo encarnaba plenamente al personaje de una conocida poesía satírica de Francisco de Quevedo: “érase un hombre a una nariz pegado”. Tenía cráneo grande para su mediano tamaño, facciones bruscas, ojos verdosos y saltones. Él anotaba que parecía pescado con taco de dinamita.
Era una especie de amable caricatura ambulante. Siempre alegre, ácido, de respuestas inmediatas y cómicas. Con talante liberal y poco religioso. Fue profesor de primaria, lleno de imaginación y con una profunda vocación de maestro.
De él hay mil anécdotas, algunas incluso publicadas en el periódico regional La Patria por un cronista especializado en revivir personajes. En una de ellas cuenta que alguna vez dicho periodista se topó con Arturo, quien estaba organizando un viaje. Él le comentó que salía urgente para Aguadas porque su hermana Raquel se estaba muriendo. A los pocos días volvió a encontrárselo y le preguntó sobre el tema. Arturo le respondió: “perdimos el viaje, la Raquel no se murió nada”.
Por la estrechez económica crónica de los Jaramillo, él tenía que dictar clases nocturnas en un instituto para adultos llamado Esunidas. Yo, no sé por qué razón, algunas veces lo acompañaba. Fuera de su especial figura y locuacidad, cargaba el primer chipote chillón de la historia, igual al de Chespirito, pero muchos años antes. Éste era un martillo plástico descomunal, colorido, el cual chillaba al ser golpeado. Arturo captaba la atención total de sus alumnos y ocasionalmente daba un oportuno chipotazo a algún atolondrado, recobrando así su presencia activa.
Tocaba tiple, violín y dulzaina. Estudiaba violín en el conservatorio y trató inútilmente de aprender a pintar al óleo. Junto con mi mamá me enseñaron a tocar tiple con un bello repertorio de viejas canciones aprendidas por ellos en Aguadas.
Le conocí buenas amigas, pero jamás una novia. Al preguntarle sobre el tema hacía una sesuda defensa de la soltería e insistía en que él no servía ni para cura ni para marido, que tenía pleno derecho a quedarse soltero.
Era muy reservado en lo personal. Esto lo llevó a fingir un paseo de algunos días con su colegio, del cual lo vimos regresar en ambulancia, recién operado del apéndice. Ante el feroz reclamo de mis tías dijo que no quería molestar a nadie y que, si se hubiese muerto en la clínica, seguramente les habrían avisado… realmente un auténtico solterón.
Al final de su larga etapa de educador fue nombrado inspector de educación para el norte de Caldas. En esta tarea se engordó y, al preguntarle por su barriga, me dijo: “mijo, es la pechuga de las maestras”. En aquella época las aves eran costosas y su consumo era considerado especial. La pechuga era la mejor parte y a Arturo le tocaba comérsela en todas sus visitas a las escuelas rurales.
Ya retirado, en las raras ocasiones que contestaba al teléfono fijo de la casa, decía inmediatamente: “habla con la casa del inteligente ex inspector”.
Él me enseñó a no tomarme nunca demasiado en serio. Se jubiló y se murió con el cheque de su modesta liquidación en el bolsillo. Un infarto fulminante no le dejó cobrarlo.
Era tan narizón que a veces pienso lo debimos haber enterrado en un ataúd con chimenea.
En el fondo de mi ser siempre estará presente el inteligente ex inspector.
Comentarios
Publicar un comentario