METIDO EN LA MOLIENDA
De niño iba a La Arabia, la finca de mi abuelo, que en ese entonces era una hacienda panelera que tenía un aire muy propio. De llegada, y antes siquiera de verla, un olor delicioso y dulzón me recibía con ánimo la visita.
En la estrecha carreterita de acceso nos encontrábamos con largas recuas de mulas cargadas de caña. Todos los días trabajaban unas ochenta. El arriero, afanado y sudoroso, nos saludaba con amabilidad. De pronto, había que cerrar apresuradamente, con la manivela, el vidrio del carro ante alguna inoportuna abeja.
Si era el final de la tarde, en el gran patio de piedra, frente a la molienda, veíamos las mulas ya descargadas revolcándose sobre las piedras, rascándose el dolorido lomo, mientras escuchábamos una larga cadencia de pedos estruendosos. Allí aprendí el significado de la expresión “más apretado que pedo de mula”.
Estar en la molienda, era el reconocimiento de una especie de mayoría de edad que nos otorgaban a los siete años. Antes no podíamos visitarla solos. Poder recorrerla era un motivo de orgullo.
Desde mí mayoría de edad panelera, me metía inmediatamente en la molienda, entraba allí como si el mundo fuera otro. Un mundo ruidoso por el quehacer de la enorme rueda Pelton —motor del proceso movido por agua— donde me invadía su ambiente caluroso, entre inmensos arrumes de bagazo de caña, el residuo que quedaba después de exprimirla. Ese bagazo servía como combustible para los hornos donde la miel de caña se transformaba en panela.
El gran temor en las bagazeras eran los alacranes, de picadura terrible. A los niños no nos daban el remedio de los trabajadores que la padecían : un buen trago de aguardiente, a nosotros nos iba peor con un maloliente ungüento.
Las mulas cargadas llegaban directamente al trapiche. El “alimentador” abrazaba la carga de cañas y la introducía en las fauces de un enorme molino de tres rodillos que exprimían la miel. Era un sitio peligroso. Para asustarnos y alejarnos, nos contaban viejas historias de manos de alimentadores exprimidas en medio de alaridos.
Los niños estorbábamos más de la cuenta, y éramos muchos. Mi tío Lucio, desesperado, ordenó una verdadera cacería de “Londoñitos” y nos encerró en el enorme cargador de bagazo —unos cueros bastos de res unidos formando una especie de canoa—. Luego arreó la mula que lo transportaba y nos arrastró por el patio empedrado. Nosotros quedamos amoratados por los tumbos sobre las piedras y creo que todavía hoy le duelen los oídos a Lucio por el severo regaño de las tías.
La miel salía del trapiche y pasaba a unos grandes recipientes de cobre, los fondos, colocados en línea sobre el largo horno encendido, donde poco a poco la miel se deshidrataba para luego convertirse en panela. En los fondos era agitada con enormes cucharones llamados remellones. Sus operarios se lucían lanzando la mezcla al aire para formar mariposas de miel, que los niños intentábamos atrapar con un palito; luego las dejábamos enfriar para disfrutar aquel increíble manjar.
Mi hermana Berta calculó mal y la hirviente mariposa atrapó su pequeña mano. Fueron años de curaciones con una crema de concha de nácar disuelta con zumo de limón. Hoy ya no distingue cuál de sus manos sufrió aquel doloroso accidente.
Al final la miel casi seca, se vertía en grandes parihuelas de guadua, instalados al lado de moldes de madera que le daban forma a la panela. A los niños nos daban moldecitos donde se secaban nuestras panelitas, que llegaban luego a Manizales a la casa de mi abuela, donde semanalmente las repartíamos, junto con otros productos de la finca.
En la hacienda, los nietos ya habíamos hecho melcochas, tirados, alfandoques y partido corozos para enriquecerlos. Lo mejor para mí eran los plátanos maduros “calados” en la miel hirviente. Todo ocurría en un ambiente cariñoso, familiar, sencillo, dirigido por mi tía Mercy. Un recuerdo hermoso, como la dulzura de la molienda que todavía llevo en el alma.
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