METIDO EN UN BENEFICIADERO DE CAFÉ
Dejé de ser niño y de jugar en la molienda. El tiempo pasaba, la panela también, y el café había llegado a La Arabia. Fue un largo proceso de transformación. Ya no endulzábamos: despertábamos.
El cambio comenzó a hacerse visible con un mediano beneficiadero de guadua, adosado a la casa principal de la hacienda. El toque mágico consistía en recorrer los corredores de la casa repletos de café oreándose, es decir, terminando de secarse. Nadábamos en café, hacíamos torres de café. Olíamos a café.
Llegaron muchas familias nuevas. El café exigía más personal. Eran treinta y cuatro casas de agregados, cada una con su campamento y sus cafetales asignados. El mayordomo era el patrón del corte y dirigía todos los trabajos. Aquello era un verdadero pueblito. Conseguir personal era prioritario, y algún tío decía, en broma, que perseguían a los enanos porque el café «caturra», que comenzaba a sembrarse, era de porte bajo.
Cambió hasta el sonido. Dejaron de pasar continuamente las mulas, arreadas a rejo y madrazos. Quedaron menos y solo aparecían durante la cosecha. En su lugar comenzaron a ronronear los camperos y las volquetas.
Cayó el edificio de la molienda de caña y surgió una gran estructura destinada al procesamiento del café, que llegaba diariamente en oleadas durante la cosecha. El cafeto tardaba cuatro años en dar su primera producción y, una vez comenzaba, no permitía pausa alguna de principio a fin de la cogienda. El café llegaba por volquetadas, por recuas de mulas y por bandadas de camperos.
En aquellos años, el beneficio del grano era un proceso largo y muy dependiente de grandes volúmenes de agua. Disponer de agua abundante era sinónimo de un proceso fluido y eficiente. Todo comenzaba en las despulpadoras, máquinas encargadas de retirar la cáscara —la cereza— del café. Ese fue, durante años, el reino de Pacho Cifuentes. Renegaba con fuerza cuando, por mala fe, aparecían piedras mezcladas con el café y le atascaban las máquinas; y protestaba en voz baja cuando a León, el gerente, le daba por ahorrar agua y todo terminaba obstruido.
El café caía luego a unos grandes tanques de fermentación y pasaba después a un largo serpentín donde se lavaba y se clasificaba.
Cumplida esa etapa, había que «secarle el agua» en amplios patios cubiertos con marquesinas. Mi tío León decía que aquellos patios servían «para el pucho y para el mucho», y los cuidaba con esmero. Después se afinaba el secado en las «guardiolas», grandes cilindros metálicos que giraban sobre su eje mientras eran atravesados por corrientes de aire caliente. Paralelamente funcionaban los llamados «patios quindianos»: parrillas metálicas sobre las que también circulaba aire caliente.
El beneficiadero ya no era un lugar para jugar. También yo había crecido. Era un espacio industrial donde trabajaban cerca de treinta personas. Sin embargo, a pesar de tanto personal, muchas veces sentía que allí había más máquinas que vida. Y, paradójicamente, fue ese lugar el que sostuvo la mía.
Hoy, esos recuerdos familiares siguen animándome y continúan dándole un delicioso sabor a mi existencia.
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