NEBLINA EN LOS OJOS
En 1969, sentado en un viejo sillón de vaqueta en el corredor de la finca de mi abuelo en Manizales, me sentía triste. Pensaba qué tango debía escuchar para acompañar mis sentimientos y en unos rones que ayudaran a desentrañarlos. Me gusta el tono gris que el alcohol le da a la melancolía.
Mis tíos habían decidido liquidar la sociedad Londoño Hermanos, propietaria de la hacienda. Con mi hermana Berta, socios minoritarios, habíamos tomado la decisión de quedarnos con algo de terreno. Me ilusioné y comencé a imaginar una nueva vida campesina.
Con mi tío Hernán Londoño, reunidos en Villanueva —su finca cafetera—, traté de ponerle cifras a esas ilusiones. Eran cuentas apretadas, pero Hernán, cultivador de muchos años, me animó y remató con una frase contundente:
—Mire bien, sobrinito: yo, con mi gran familia, de aquí he comido y he bebido.
Se concretó un terreno para nosotros, pero mi hermana no estuvo de acuerdo. Lo que me correspondía estrictamente era demasiado pequeño para convertirlo en un proyecto de vida ambicioso. Tomamos entonces la decisión de vender la parte de nuestra herencia. Esa era la causa de mi tristeza. Sentí que me desarraigaban de algo que había sido parte fundamental de mi vida.
De niño soñaba que me enterrarían en La Arabia. No la sentiría como una sepultura, sino como mi hogar. Comía tierra para descubrir el sabor de la vida. Me sentía un retoño más. El río Guacaica cruzaba la finca y necesitaba su rumor para dormime.
El tiempo resolvió el dilema: tuve que salir —y salí ganando— al desanclar mi vida de Manizales y abrirme a nuevos horizontes. Viviendo en ese ambiente campesino, donde el aguardiente hace parte de la rutina diaria, probablemente habría terminado alcoholizado.
Salí de mi parte de La Arabia; Pensaba que lo peor no era no saber a dónde iría, lo peor era no saber a dónde volver. Salí rápido. Cuando más tarda uno en irse de la querencia, más nudos le hace a su corazón. Me veían entero, pero por dentro estaba roto.
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