EL CAMINO ETÍLICO



 “La civilización comienza con la destilación.”

 William Faulkner.

 

-  A lo único que hay que tenerle miedo es a una escasez de trago. -

 

Me imagino que mi chupo de bebé alguna vez mis tíos lo empaparon en el aguardiente o en el ron que estaban tomando. Hoy no me horroriza. Era una costumbre de una sociedad agrícola, elemental, donde se resaltaba el papel del hombre y así pretendían transmitirme, míticamente, energía masculina. 

 

Por mucho tiempo la necesidad de la leche no dejó espacio para nada más. En las fiestas infantiles el vino era para las señoras y los brindis. A pesar de estas limitaciones, mi primera rasca fue con una botella de vino que escondimos con un primo debajo de la mesa principal, protegidos por los amplios manteles que llegaban hasta el piso. Al salir eufóricos y trastabillantes arrastramos el mantel derribando copas, adornos y el preciado ponqué de la celebración. Toda una tragedia.

 

En la adolescencia aparecieron las “repichingas”, fiestas juveniles donde la bebida fuerte era la “Cuba libre”, de moda debido a la reciente toma del poder en la isla tropical por parte de Fidel Castro. La receta era modulada por la dueña de la casa: dos gotas de ron en un océano de Coca-Cola. Solo las escapadas a las tiendas vecinas nos permitían sentirnos achispados, prendidos. Todo con prudencia. No podíamos propasarnos con el trago y menos con las niñas so pena de entrar en una terrible lista negra y no volver jamás a ser invitados.

 

Mi primer encuentro con el whisky fue en unas vacaciones de mitad de año en una excursión del colegio a San Andrés. Cambié la piscina de la finca por el mar Caribe y los diluidos “cubas libres” por generosos tragos de whisky. Era deliciosamente barato y eludiendo la inquisición de los padres jesuitas me los pude aplicar. Me sabían deliciosos por sentirme mayor y violando las normas. 

 

En sexto de bachillerato decidimos convertir la rebeldía en un programa de vida. Todos los fines de semana nos reuníamos en un estadero al frente de la plaza de toros, al que llamábamos Casa de Vidrio. Era un lugar privilegiado para contemplar el atardecer. Allí aparecieron los excesos y, por supuesto, las inevitables reprimendas. Poco a poco terminamos creyendo que, así como una corrida de toros no podía disfrutarse sin manzanilla, ningún crepúsculo alcanzaba toda su belleza sin el impulso del alcohol. Hoy entiendo que no era una idea: era una fe de juventud de la que todavía sigo recuperándome.

 

Entré a estudiar Veterinaria a la Universidad de Caldas y conocí a un compañero de Salamina, congeniamos. Él tenía un mayor recorrido etílico y me era imposible seguirle el ritmo tomando aguardiente, pero lo intentaba. En Semana Santa nos fuimos a recorrer las fincas de su familia. Largos recorridos a caballo parando en todas las fondas y solo llegábamos a las fincas para derrumbarnos en las camas. Por el cuidado de un diligente “peón de estribo” que nos asignaron no nos matamos en los empinados caminos de herradura.

 

Cambié de carrera y me fui a vivir a Medellín a estudiar zootecnia en la Universidad Nacional. Nuevos amigos y viejos resabios. Paseos deliciosos a las fincas vecinas, a los estaderos o simplemente pequeñas reuniones dedicadas a acabar con una botella de aguardiente y a oír tangos.

 

Me fue agarrando la madurez y me casé. Esto trajo orden y mesura sin olvidar el camino. Siempre he querido acompañar muchos momentos de mí ya larga vida con un trago de ron. Mis viejas raíces no me dejan olvidarlo.

 

Los tiempos han cambiado y ahora las velaciones de difuntos se hacen en las funerarias con normas y horarios estrictos. Algo muy distinto a las terribles velaciones de toda la noche en el hogar del difunto. Se rezaba, se lloraba, se repetían las oraciones, los mil jesuses y los mil rosarios, pero quedaba algún resquicio para aplicarse un traguito y tratar de alejar el frío y los negros pensamientos. 

Hoy ya puedo morir tranquilo sin la pesadilla de sentir que están repartiendo trago y yo no pueda tomármelo.

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