MESITAS DE SANTA INÉS



Me veo, mucho más joven, haciendo maromas en el techo de mi casa para limpiar los vidrios de una claraboya. Me urgía hacerlo para poder alquilarla: no tenía dinero para pagar el servicio. La compañía donde había trabajado por siete años acababa de entrar en una bancarrota total y necesitábamos arrendar la casa y pasarnos a vivir a una finca cercana, a la cuál yo asesoraba como zootecnista.

Los vidrios quedaron limpios, pero no nos sirvió de nada. El posible arrendador era el nuevo gerente de un importante banco y los servicios de seguridad vetaron mi casa por tener una sola vía de acceso y en regulares condiciones.

Pero yo sí encontré otras inesperadas vías para mantener a mi familia y atender los urgentes pagos de los colegios que ya me asfixiaban. Me llamó un primo para solicitarme, con urgencia, avaluar Mesitas de Santa Inés de Cachipay, una importante finca cafetera, para una entidad financiera. 

Recopilé información en la Cámara de la Propiedad Raíz, aprendí algo de la “reglamentación valuatriz” vigente y logré hablar con reconocidos avaluadores de la región. De esa manera, pude informarme de los precios vigentes para las fincas en la zona. 

Con este recién adquirido bagaje de conocimientos me presenté a las imponentes oficinas del propietario, y aprovechando que en el momento existía un buen ambiente entre la entidad financiera y el deudor, solicité los planos de las fincas que constituían el gran conjunto de Mesitas. Ordenaron atenderme, y así conseguí la información y la autorización para entrar en funciones y visitar la finca.

Me sorprendí profundamente al conocerla: su ubicación, su preciosa casa principal, las instalaciones para el café, el museo mostrando los viejos sistemas de beneficio del grano basados en tracción animal y buen uso de las corrientes de agua, las pesebreras, las canchas de tenis, el lago y un pequeño zoológico. Algo de real ensueño. Por algo fue escogida, años después, para filmar la primera versión de la telenovela “Café” y su nuevo beneficiadero fue Premio Nacional de Arquitectura.

Me atendieron magníficamente: dormí en un catre dorado principesco; comencé a soñar que mi trabajo, además de bien pago, era lo mejor del mundo - miel sobre hojuelas -, y comencé a hacerlo con gran energía y disfrutando al máximo del precioso sitio y de todas sus comodidades. Pronto presenté mi informe, que fue bien acogido por el presidente de la entidad y curiosamente me pidió que lo esperara unos minutos después de terminar con mi presentación. Volvió con cara feliz y un papel entre sus manos: el pago de mis servicios. Me insistió en que estaba agradecido por mi esfuerzo y quería pagarlo personalmente. Ahora el de la cara feliz era yo por ese dinero, que me sacaba de todas mis angustias.

Sin embargo, lo que había sido un amable arreglo entre el banco y el propietario terminó en una lucha jurídica feroz, en una operación de embargo muy difícil de realizar y me pidieron colaborar. Algunos de los predios eran engorrosos de precisar: desde encontrar mojones entre cafetales, hasta definir viejos linderos confusos con la agresiva presencia del abogado del predio, entre muchas de las cosas que comenzaron a salir a flote. Teóricamente, el deudor no debía haber sido avisado por el juzgado municipal de las acciones precautelativas de embargo, pero siempre estaba esperándonos para oponerse a todo. Aprendimos que en el municipio no se movía una silla sin permiso del gamonal y tuvimos que convivir con el jurista.

Se pudo cerrar el cerco, y así iniciar una interesante figura jurídica: el antiguo propietario quedó administrando la propiedad con un pacto de retroventa, para tener plazo para atender sus deudas y recuperar la hacienda. El dueño recibió la hacienda en dación de pago, evitando que la deuda se calificara de difícil cobro y que, por su gran monto, obligara a las oficinas de control financiero del Estado a ordenar la liquidación de la entidad. 

El inmediato beneficiario fui yo: me nombraron, con una buena retribución, veedor de la hacienda, para verificar su buen manejo y que conservara el valor necesario para servir de garantía. Esto me daba seguridad para atender mis obligaciones familiares estrictamente indispensables durante cuatro años. ¡Se me apareció la Virgen!

La lucha jurídica había agriado el ambiente y yo ya no era bienvenido. Mis visitas debían ser diurnas, avisadas con una semana de antelación y previamente aprobadas. En ellas sólo podía tener comunicación con el administrador general. Los demás empleados tenían prohibición absoluta de hablar conmigo. Estas normas draconianas no interrumpían mi labor. Menos mal tuve una buena relación con el administrador, a quién le tocaba hasta pedir que me trajeran un tinto. El ambiente era de película de ficción: si yo le hablaba a alguien, este simulaba no verme ni oírme para evitarse sanciones.

La hacienda seguía estando bien manejada, con reglas estrictas para todo: horarios escritos; lista de personas vetadas para darles trabajo o prestarles algún servicio – muchas de ellas pequeños vecinos y algunos con parcelas mínimas englobadas dentro de la hacienda -; un milimétrico programa de tiempos y movimientos en el beneficio del café, y hasta un cronograma de recolección de basuras, con estrictos horarios, para todas las dependencias. Disciplina alemana.

Mis informes eran, por ese ambiente militar, fáciles de hacer y monótonos. Alguna vez detecté, para mi sorpresa, que los grandes tanques sobre ruedas para la extinción de incendios tenían vencida la fecha de vida útil de su carga y pude adornar mi informe y enviarle mi hallazgo al propietario. Yo quería mostrar que estaba haciendo a consciencia mi trabajo.

Otra nota diferente a la usual la originó algo que, para mí, criado entre matas de café, era sumamente extraño: encontré unas 10 cuadras de cafetos, de unos tres años de edad, recostados en el suelo, vencidos por el viento. Tradicionalmente, el café es muy fuerte en su enraizamiento y en las tremendas faldas de Caldas los cogedores del grano, en sus faenas, se cuelgan de sus ramas sin tumbar ninguno. La explicación, no la solución, fue que eran de una nueva variedad de café, en ensayo, creada para combatir la roya (una nueva y temible enfermedad del café) y los investigadores de la Federación de Cafeteros andaban creando la variedad Colombia con resistencia al hongo. La hacienda fue uno de sus conejillos de laboratorio.

Al final de mi contrato como veedor, para mi desgracia, coincidí en la hacienda con su orgulloso propietario acompañado de numerosos invitados haciendo turismo. Me vio saliendo de las oficinas de la administración y se me vino encima, como un tigre, haciendo señas a su comitiva para que siguieran el paseo. Perentoriamente me exigió que saliera de sus propiedades porque él ya había arreglado todo con la entidad financiera y sobraba mi trabajo. Le precisé que aún no había sido informado sobre el tema y que debía seguir cumpliéndolo. Para calmarlo pedí me informara sobre la ruta que pensaba seguir con sus amigos para no cruzarme con ellos: bufando, sin pronunciar palabra, regresó a ponerse al frente a su comitiva. Nunca volví a verlo y en pocos meses terminó mi contrato como veedor por un arreglo definitivo de la deuda.

Tuve que dejar de hacer mis visitas a la hacienda y no pude estar para atender a la “Niña Mencha” cuando filmaron la telenovela Café, con Aroma de Mujer en 1994. Aún hoy me estoy quejando.

 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

MI TÍO HERNÁN LONDOÑO LONDOÑO

MI NOVIO NACIÓ MUERTO

MI TIO FERNANDO LONDOÑO LONDOÑO