DESCUBRIR EL CIELO
Muchos no la han disfrutado. Yo nací en Manizales y pasaba mis vacaciones en Aguadas. La neblina era parte de mi vida. Salía de mi casa y descubría que mis brazos alcanzaban más lejos que mis ojos.
He abrazado la niebla,
he logrado caminar en la penumbra,
sostenerme del aire que respiro
y avanzar con la mirada fija en los pasos
que, uno a uno, me conducen
hacia un horizonte que no percibo.
Hugo Cuevas-Mohr.
Descubrir algo a pleno sol no deja espacio para la imaginación: todo es demasiado claro. En cambio, al caminar por la Manizales enneblinada no podía precisar las imágenes y, gracias a mi capacidad de ilusionarme, muchas veces creía intuir a aquella paisana linda que me gustaba; sin embargo, más de una vez, la que encontraba me daba susto.
Otras veces, desde mi ventana, cercana a la funeraria “La Equitativa Económica, Cultural y Deportiva”, veía pasar su carroza fúnebre y, en mi niñez, pensaba que la neblina acompañaba bien la tristeza de la partida. Pasaban llorando y terminaban por empañar, aún más, mi ventana.
Desde el Parque Fundadores, en las mañanas, disfrutaba la magnífica vista de los nevados. Para mí era alucinante cuando una aureola de nubes se posaba a sus pies, borrando la tierra y dejándome solo el cielo y las altas montañas para contemplar. Bendiciones de la neblina.
Es difícil transmitir estas sensaciones. Hay que vivirlas: caminar entre nubes como quien encontró el cielo, encariñarse con ellas. La neblina en Manizales y Aguadas es un abrigo especial que envuelve la vista y el entorno. Con la neblina el cielo es agua oxidada y los árboles se tornan en simples borrones de tinta. En los parques los caminantes se hunden en el suelo húmedo, a veces entre típicos guaduales, y vuelven a aparecer indecisamente entre los árboles.
La neblina produce maravillas que hoy añoro.
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