DE ZOOTECNISTA A CONDUCTOR
En los primeros años de ejercicio profesional lo tuve claro. Vivía montado en un viejo Land Rover capturando y atendiendo clientes. Al final del día laboral estaban más cansadas mis posaderas que mi cerebro.
Comenzaban los efectos de la Ley Quinta sobre asesorías profesionales obligatorias para la asignación de créditos en el campo agropecuario. Entendí que mis reales clientes eran los bancos y comencé a trabajarlos asiduamente. Allí podían recomendarme y casi imponerme ante sus clientes.
Trataba de regular mis gastos por el número de visitas técnicas de asesoría autorizadas. Buscaba con ansiedad llegar al punto de equilibrio del presupuesto familiar. De pronto pensé que se me había aparecido la Virgen por un buen contrato para revisar numerosos créditos cafeteros en el Quindío. Organicé mi viaje, alisté mi Land Rover y salí para una larga gira por esas hermosas fincas. La gran ventaja era la proximidad de unas a otras y mi trabajo podía ser eficiente. Veía crecer mis ingresos. Soñaba con cubrir todos mis gastos familiares y hacer una pequeña reserva económica. Feliz inicié mi regreso cargado de informes y de ilusiones. Al subir al Alto de Letras se le fundió el motor al trajinado vehículo y también se fundieron mis ilusiones.
Parecido al mazazo de la fundida de motor de mi Land Rover al regresar del Quindío fueron los sorpresivos cambios por la venta, casi al unísono, de las dos fincas principales que yo atendía. Traté de emplearme en alguna de las importantes empresas del sector de la alimentación animal y me llamaron de Purina. Atendí la llamada y me puse a llorar ante la oportunidad que solucionaba mis problemas. No fue de alegría sino porque me sacaba de mi amado trabajo independiente. En las circunvalaciones profundas de mi cerebro paisa tengo escrito que la única empresa buena es la propia. Me dolió aceptarlo y pensé que era un fracaso íntimo.
Bendito fracaso. Purina fue la mejor escuela de trabajo que he podido tener.
Luego de un excelente entrenamiento de seis meses me encargaron de una amplia zona: Tolima, Huila y Caquetá. Con sede en Ibagué, sin teléfonos celulares, con precarias comunicaciones y pésimas carreteras. Viajaba toda la semana manejando un Land Rover, propiedad de Purina, nuevo, pero aún primitivo. Me recordaba en cada tumbo que era básicamente un vehículo de guerra para combatir en África.
El consuelo era la amabilidad de la gente y los sorprendentes paisajes: el río Magdalena convertido en una estrecha cinta plateada que atravesaba en un brinco, las imponentes reliquias arquitectónicas de San Agustín, el suelo torturado por el sol y lleno de heridas del desierto de la Tatacoa, el ambiente selvático del Caquetá, el hermoso Salto de Bordones (450 mts) y el retorcido Paso de Pericongo rumbo a Pitalito, uno de los trayectos más peligrosos del pais, con una hermosa vista sobre el estrecho del Magdalena.
Todo muy turístico, pero yo andaba en ajetreos laborales, conduciendo por horas y horas, en un ambiente sofocante sin ventilador ni aire acondicionado.
Largos días al volante, por montañas y ríos, viajando entre conversaciones separadas muchas veces por cientos de kilómetros, el tanque del campero lleno de sueños y un zootecnista que tuvo por años mas de conductor que de cualquier otra cosa.
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