PAPI SERÁ SU ABUELA


 

Tal vez por mi cerrerismo paisa nunca me gustó que me dijeran papi y cada vez que alguno de mis hijos se atrevía a llamarme así, lo corregía de inmediato. Yo, huérfano desde los cuatro meses de edad, ni siquiera tuve la oportunidad de balbucear esa palabra. Carecía de un referente directo. No tenía con quién compararme. Quizá con mi tío Arturo, pero él era un amable solterón, no un padre en ejercicio.

De papi nunca ejercí, pero de papa incluso horas extras, ya que en casa yo era el encargado de las guardias nocturnas. Me levantaba cuando alguno de los niños lloraba o necesitaba algo. También imponía mis reglas: no permitía que entraran a nuestro cuarto. Alegaba respeto por el lecho conyugal, de modo que debían quedarse en la puerta. Santiago, el menor, nunca intentó colarse porque prefería dormir con Alicia María, su hermana mayor, quien siempre lo acogía con infinita paciencia.

Disfruté ser papá chofer de mis hijos, cuando me tocaba manejar sin la presencia de mi esposa, comenzaba la diversión. Conducía de manera poco ortodoxa y mis hijos celebraban cada bandazo. Jugaban a «los flojitos», dejándose llevar de un lado a otro con las curvas y los movimientos inesperados del carro. Siempre pedían una vuelta más y, debo admitirlo, nunca he pecado de prudente.

Jamás fui deportista. Sin embargo, siendo padre de un muchacho apasionado por el fútbol, llevaba a Santiago a su escuela y lo acompañaba en los partidos con la selección del barrio. Era un equipo ganador y cada triunfo terminaba en una celebración ruidosa: recorríamos Gratamira entre gritos, risas y bocinazos, convencidos de que el mundo entero debía enterarse de nuestra felicidad.

También jugábamos fútbol en el corredor del segundo piso de la casa. Teníamos porterías y una cancha cuidadosamente delimitada. Aquello era una locura de empujones, carreras y carcajadas. Muchas veces el partido terminaba en una guerra de almohadas. Carmen Alicia repetía:

—Pasito, Luis… pasito.

Perdía el tiempo. Cuanto más intensa era la batalla, más la disfrutábamos.

Son apenas aquellas pequeñas cosas de aquel tiempo de rosas, recuerdos de haber sido papa por más de 54 años —como canta Serrat—: instantes sencillos que, casi sin darnos cuenta, fueron construyendo el amor de nuestra familia y que hoy me atrevo a compartir.

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