ANTES DE MORIR
Nota del editor:
Después de más de ciento cincuenta semanas publicando en estos Recuerdos de Justiniano, con crónicas dominicales sinceras, generosas y repletas de vida, recibí del cronista, hace ocho días, una nota donde se despedía de sus lectores. Lectores que han sido siempre cientos por publicación, donde las geografías donde lo disfrutan van mucho más lejos de sus grandes afectos y lo llevan a ser leído de manera permanente en lugares distantes como Singapur y Hong Kong. Crónicas que demuestran que aquello que ha sido siempre la gran búsqueda de sentido de la vida por parte del ser humano, puede tener en algunos destacados, un faro de luz de quien ha vivido siempre su vida con sentido, y lo ha disfrutado a plenitud.
De esta aventura de años en tándem con él, quiero destacar con orgullo la valentía de la transparencia, la generosidad de compartir lo íntimo, la importancia de recordarnos los afectos y la seguridad de vivir como se piensa y de no pensar cómo se vive, una diferencia fundamental para una vida legítima que encuentra transcendencia en muchos.
Esta gran cantidad de recuentos pintorescos, divertidos casi siempre, y profundos con alguna frecuencia, nos recuerdan que nuestra vida depende de los ojos con los que la miremos. Que nuestro paso es un ratico en la historia del universo y que su importancia depende de la fe con que la vivamos, de la presencia del prójimo en nuestras decisiones y del valor que le demos a la alegría de tener bendiciones como la familia, la hermosura de Colombia y de la capacidad de reconocer nuestro tránsito como una aventura valiosa e irrepetible.
Claro que las anécdotas son finitas, que la memoria tiene límite y que los domingos para publicar continúan apareciendo sin tregua. Lo que no se acaban son los afectos, los arraigos permanecen y el compromiso con seguir viviendo con orgullo para contarlo con alegría y buena pluma, no se agota después más de ochenta años bien consumidos. Hoy estos continúan en el cronista tan vivos como su amabilidad paisa, su humor descarado, su fe en Dios, su disposición al servicio, su entrega a la familia y a otros, y por supuesto su gran amor por Carmen Alicia.
Por lo tanto, yo como editor, sus lectores como benefactores, y la vida como testigo, le hemos declarado que esto aquí no termina, sino que se reinventa. Sus querencias son geográficas, claramente antioqueñas, son sociales, son educadas y sobre todo muy valiosas. Será así como continuaremos acompañándolos cada domingo, como bien dice él “sin nunca dejar caer el carriel”. Viene ahora un experimento de respeto sobre el arraigo paisa, de admiración sobre la historia antepasada, de orgullo profundo por aquellos que construyeron una región que ha sido el corazón pujante de una Colombia exuberante, valiente, y que, a pesar de ella misma, muchos seguimos queriéndola con alma vida y sombrero.
Animemos al cronista hoy con mensajes de agradecimiento por estos años de entrega a sus lectores. Rodeemos a mi adorado papá, celebrando ese amor tan profundo que siempre ha tenido con cada uno de nosotros cuando escribe con dedicación y comparte con el corazón en cada palabra.
Gracias por leernos, animo a seguirlo haciendo.
ANTES DE MORIR
Quiero escribir algo bonito para ir culminando mis crónicas tradicionales. Algo íntimo, mío. No sé si voy a lograrlo. Entreveo un hermoso camino, así no importa donde llegue. Voy a intentarlo.
Llevo demasiado tiempo viviendo en Bogotá. Tanto que me queda poco. Tengo los ojos cansados de mirar recuerdos, mis crónicas me han obligado a hacerlo, y quiero aprovechar el rayito de sol que aún me alumbra.
No sé dónde terminaré sino donde quiero volver. A un imposible nicho campesino donde aún lleguen arrieros. Donde el campesino, de manos fuertes y fecundas oriente su vida por las fases de la luna. Que tenga presente seis puntos cardinales porque no ha perdido el arriba y el abajo.
A ese nicho donde todo lo derribaba el hacha altanera del colonizador antioqueño que no quería que nada le impidiese mirar el cielo. Donde el vivir no era un pasar sino un estar, un darse cuenta. Donde pueda arroparme en la neblina. Donde llueva mucho y las matas se vuelvan simples borrones.
A aquel sitio donde, al alejarme, mis padres y mis amigos se volvieron ausencias. Allí buscar abrazos donde se me acomode el alma. Sacudir mi tristeza, que es una muerte lenta, y volver a mis raíces.
Al cementerio San Esteban. Tan armonioso y bello que no hay muerto que no quiera seguir enterrado. Pasar por la plaza de toros, con su finalidad perdida, mirarla de fuera y estremecerme por dentro. Caminar por las increíbles cuestas de sus calles y hacerme así una prueba de esfuerzo gratuita. Espero aprobarla.
Quiero volver a Manizales. Lo imposible es que es al Manizales que he ido formando en mis nostalgias. Tendré que morir para alcanzarlo, pero seguiré viviendo y escribiendo para no olvidarlo.
Luis Augusto:
ResponderBorrarNi se te pase por la mente, y menos por la pluma ágil de tu mano, dejar de deleitarnos con la picaresca de tus escritos.
Tampoco nos dejes antojados con la falsa promesa que se presentía en el inicio del texto de hoy: volver a tus raíces, a tu ciudad.
Nuestra Manizales del alma te espera, no en San Esteban, sino en sus calles empinadas, en los tomaderos de algo, en los parques y barrios donde a cada paso los manizalitas nos cruzamos saludos y sonrisas. Donde el tiempo y la plata rinden, donde el delicioso clima y lo amigable de la ciudad permite que hagamos las vueltas a pie.. Donde las montañas nos inspiran y las tertulias se facilitan.
Visita a tus amigos. Efraim te tiene el guaro y yo un sancocho trifásico.
Galu