BUSCANDO UN SEGUNDO ALIENTO


 

He puesto en sus manos 145 crónicas de los Recuerdos de Justiniano. Se refieren a mi vida. Marcan una etapa de un largo camino que ha embellecido mi personal atardecer. Gracias por leerme.

Me sorprendo de haber encontrado tantos temas de mi vida que justificaran mi esfuerzo y su paciencia. Hoy es un tema prácticamente agotado.

Insisto en la frase de Gabriel García Márquez: “La vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.

 Quiero seguir en su compañía. Busco un segundo aliento para poder disfrutarla. Añoro un horizonte como los campesinos del emblemático cuadro. Por la segunda mitad del siglo XVIII  la menor producción de oro, la concentración de la tierra en muy pocas manos y el aumento de la población en Antioquia, crearon escasez de alimentos y de trabajo, forzando la ocupación de nuevas tierras al sur. Se iniciaba la colonización antioqueña.

 Nací en Manizales. Soy un fruto de esa colonización. De esa lucha por humanizar un espacio y expresarlo en cultura, que es un tema que me ha apasionado. Aquí encuentro un nuevo soplo para mis crónicas. 

No soy historiador, ni pretendo serlo. Quiero, junto a ustedes, recorrer ese camino para explicarme, mi forma de ser, de hablar, de sentir. Soy, hasta los huesos, paisa y orgulloso de ser caldense, me identifico con mi ancestro antioqueño. Daremos una mirada a diferencias que nos enriquecen. Caldas, para muchos, es la edición de lujo de Antioquia.

José Ortega y Gasset sostenía que los pueblos emigran en busca de un «paisaje afín», un paisaje que, de algún modo, llevan presentido en lo profundo de su alma. El hombre elige su tierra —decía Ortega— porque en ella encuentra simbólicamente prefigurado su ideal o proyecto de vida. Así, el lugar al que llega el emigrante puede convertirse en su paisaje prometido, en la tierra que termina haciendo suya y transformando en querencia.

Los invito a recorrer esa búsqueda del paisaje imaginado.

Quiero cantarle al verdadero colonizador teniendo al fondo el cuadro “Horizontes”. Cantarle al ancestral campesino del oriente antioqueño que, en medio de estrecheces, de su desvalida condición, tuvo el coraje de buscar el cambio venciendo a la selva y a los latifundistas.

Quiero cantar a su sentido familiar y comunitario, a su esfuerzo, a su perseverancia en condiciones difíciles. Cantarle a pesar de que su nombre se haya olvidado y solo se recuerde a quienes abusaron de su necesidad y de su esfuerzo.

Quiero cantarle a su realidad actual, a su apego a la tierra y a su labor, cantarle a su limpio hogar, a sus cuidadas macetas de flores sembradas en tarros de galleta. Cantarle a su mirada directa, a su trato amable pero jamás servil. A su piel curtida y manos callosas prontas a brindar un aguardiente.

Caminemos juntos.

 


 

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