CON EL HAMBRE EMPUJANDO
Demos una mirada a nuestra difícil geografía física impuesta por tres cordilleras, barreras imponentes que siempre han dividido al país económica, cultural y políticamente. Pensemos en viajeros antiguos transportados en silletas a la espalda de cargueros, donde las personas obesas tenían que nacer, vivir y morir en un territorio mínimo. La terrible navegación en champanes por el río Magdalena, el servicio de barcos de vapor que solo se inició realmente en 1847 y el alto costo del transporte en mulas, 22- 34 centavos de dólar por kilómetro contra 1.25 en los ferrocarriles norteamericanos.
Nuestros ferrocarriles nacieron en la época del federalismo. (1858 – 1886).
Cada departamento los inició con
diferentes patrocinios internacionales y cada patrocinador imponía una anchura
de vía férrea que no coincidía con la de sus vecinos. Usaban leña para producir
vapor y energía. El negro penacho de humo de las locomotoras entraba en los
vagones, especialmente en el paso por los túneles, los pasajeros llegaban
“negros” a su destino.
Muy pocos productos podían pagar los fletes y tolerar el largo y difícil viaje,
casi lo único pensable era el oro y estaba en Antioquia y Chocó. Extraer oro
era costoso, dependía de la mano de obra y de poder alimentarla. Las mejores
tierras estaban acaparadas por los latifundistas. Quedaban algunas tierras
libres, generalmente estériles.
Algún tatarabuelo no quiso recibir la finca que le heredaron. Alegaba que
era una tierra imposible. Tan mala que para obtener un grano de maíz tenían que
sembrar cada mata en una boñiga. Mantener la población era muy difícil. Creciente
por la fuerza de la fertilidad matrimonial.
Las Cédulas Reales otorgadas por razones políticas, entregaban grandes
mercedes de tierras a los más influyentes. Por ejemplo: la concesión Echeverri
o Caramanta, fruto de la concentración de los bonos territoriales emitidos por la
administración de Santander para pagar compromisos adquiridos en la guerra de
independencia con los soldados y proveedores. Los bonos respaldaban la deuda
pública. Su alta oferta los depreció hasta llegar a un 90%. Los acaparaban y
luego negociaban con el estado a su valor nominal las tierras que se decían
baldías.
La concesión compró 67.000 hectáreas en el año 1835 y luego 102.717
hectáreas adicionales. En esa década toda la región del Cauca antioqueño estaba
cercada por tierras de esta concesión, por tierras de la concesión Villegas y
por la famosa concesión Aranzazu. Estas acciones lograron la concentración de
tierras en unas pocas familias, produciendo así el desplazamiento de los pobres
hacia las fronteras de colonización.
Era usual que los grandes tenedores de bonos agrarios buscasen un terreno baldío
en proceso de colonización para hacérselo adjudicar a cambio de los depreciados
bonos. Se apoderaban de tierras ya abiertas por los colonos.
En 1785 llegó como gobernador encargado de Antioquia Juan Antonio Mon y
Velarde. Su mayor reforma fue autorizar colonias agrícolas o fundaciones de
pueblos en tierras donde alegaban derechos los terratenientes. Abrió la puerta
a la colonización, a las luchas campesinas, a un gran movimiento colectivo,
solidario, popular. Iniciaba en firme el fenómeno de la Colonización
Antioqueña.
En Colombia hemos tenido tres grandes movimientos colectivos: los comuneros
en 1781, la independencia en 1810 y la colonización antioqueña iniciada en el
siglo XIX. En Antioquia sus protagonistas reales fueron campesinos pobres, no
los comerciantes de tierras. Lanzando un grito de reto, “a un lado serpientes,
alacranes, avispas, tarántulas, ciempiés, hormigas rondadoras, trasgos y
fantasmas, diablos y demonios, que aquí va un hombre con hambre” *, y con la
ilusión de tierras fértiles y propias, buscaban el camino por el filo de las
serranías, secas en invierno. Hombres y mujeres valientes, primeros paisas de
pura cepa, eludían así al paludismo de las partes bajas y se construían para
ellos una vida propia. Llegaron a lomo de mula a llenar de esperanza una tierra
privilegiada, trazaron con sudor un camino, conquistaron el hambre con valentía
y empezaron a colonizar un territorio que hoy aun respira con orgullo y amanece
con futuro.
1. Antonio José Restrepo. (Ñito).
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