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ENCUENTRO CON DIOS EN VILLA KEMPIS

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  Estudiaba bachillerato con los jesuitas, en Manizales, y el obligatorio retiro anual se realizaba en Villa Kempis. Una linda casa, perfecta para vivir lo espiritual, en un sitio que es un altar frente al paisaje. Aún hoy sigue prestando ese servicio. Thomas Kempis, monje agustino alemán, murió en 1471. Dedicó su vida a la contemplación interior y su libro más influyente fue  La imitación de Cristo .  Narran que la Iglesia Católica negó su canonización debido a las marcas de arañazos encontradas en el interior de su ataúd; aquello lo descalificaba para la santidad, pues significaba que no abrazó la muerte en paz. En el colegio nunca supimos esa tremenda historia, y así podíamos entrar —obligados, pero no asustados— a nuestros retiros espirituales.  Debíamos llevar la ropa de cama, y yo pedía a mis tías que cosieran juntas la sábana y las cobijas para simplificarme la vida. Además, escondía para consentirme un buen pedazo de pionono (ese delicioso enrollado dulc...

PASTOR CHIQUITO

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      Era aguadeño, discapacitado. Hijo menor de Pastor Hoyos en su primer matrimonio. Al poco tiempo de enviudar, y con seis hijos a cuestas, él se casó con mi tía Albertina Jaramillo. Tuvieron nueve hijos “normales”. Pastor Chiquito —como le decían— nació con unas piernecitas que apenas eran muñones. Mi tía lo recibió recién nacido y lo mantenía semienterrado, encerrado en un buche (rumen) bovino, como si fuera un remedio mágico. Cuando era niño, la casa se inundó y lo sacaron dentro de una olla, flotando. Era bien plantado, con un tórax enorme y manos fuertes, pues se desplazaba apoyado en unos soportes de madera. Cuando visitábamos el pueblo, con mi hermana Berta solíamos preguntarnos cómo hacía para subirse a su cama. Nos quedamos con la duda. Tenía un oficio muy llamativo para mí: era el dueño y garitero del único casino del pueblo, ubicado en el café Iris. Defendía su trabajo porque era legal y pagaba impuestos. Decía que aquello no era más que la versión moderna d...

EN EL PUEBLO DE LAS BRUMAS

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  Aguadas, la tierra de mi madre. Es más brumosa que Manizales y eso es mucho decir. Para los aguadeños su porvenir económico está en la posibilidad de exportar smog limpio a Londres. Siempre queríamos participar en su Semana Santa. Las escenas bíblicas eran parcialmente representadas en vivo e involucraban muchas personas y preparativos.   En mi infancia el viaje era atroz. Una vía casi intransitable, destrozada, destapada y con frecuentes interrupciones . Nos hospedábamos en la casa de mi tía Albertina Jaramillo, casada con un viudo que llegó a su vida con seis hijos a cuestas y con el que tenía nueve adicionales logrados en su matrimonio con ella. Era una casa grande de bahareque, con un patio central al que llegaban vacas y caballos. El viudo era Pastor Hoyos. Yo lo veía grande, corpulento, siempre de saco y corbata, con unos pantalones terminados en unas anticuadas botas campana que a mi hermana Berta y a mí nos daban silenciosa risa.  Siempre nos tuvo dos caballos e...

SE FUNDIÓ EL PROFESOR

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        Cursé la primaria en Manizales, en el Colegio de Nuestra Señora, propiedad de la Curia Diocesana. Una vieja construcción de dos pisos contigua a la iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, de la cual éramos obligados asistentes con demasiada frecuencia. Los baños eran una simple zanja encementada, con divisiones precarias y servicio de agua solo durante los recreos. La disciplina era estricta: filas para todo y llamada a lista en cada curso. El profesor entonaba: “Londoño Jaramillo, Luis A.”, y yo respondía: “¡Presente!”. Un solo maestro impartía todas las materias. El ambiente cambiaba cada año y, a veces, teníamos desagradables sorpresas: un profesor ocasional, de cuyo nombre no quiero acordarme, nos hacía pasar al tablero y, si cometíamos un error, nos levantaba rudamente del cinturón, borraba con nuestro propio cuerpo lo escrito y nos arrojaba al suelo. En la contraportada de la libreta de calificaciones figuraba, y lo hacían cumplir: Así y todo, c...

EL PATO DONALD ME ARRANCÓ UNA OREJA

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      Era una escuelita ubicada en una vieja construcción del tradicional barrio de Los Agustinos en Manizales. Fue mi jardín infantil. Llegar allí era un premio de montaña por sus empinadas calles. Las clases se dictaban en unos bajos con instalaciones mínimas y pobres. Lo grande allí era el espíritu alegre de Gabrielita y los múltiples recursos de su imaginación. Conservo un amable recuerdo de mi mal llamado “jardín” (no merecía ese nombre, pues en su estrecho patio, casi sin sol, no crecía nada). Todo era muy sencillo. A mí me recogía y llevaba, caminando, una señora que hacía lo mismo con otros niños del vecindario, y luego nos entregaba en nuestras casas. El único incidente molesto fue culpa mía. En un recreo, mientras brincaba sobre los pupitres —que estaban contiguos al ya mencionado y mínimo patio—, al intentar saltar al suelo bruscamente, trastabillé, y lo único que encontré para sostenerme fue la oreja de un compañero, desgarrándosela ligeramente. Vinieron enton...

PEDRO BUCHES

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  Como otros paisas de su tiempo, fue un hombre del camino: un arriero. Lo conocí demasiado viejo; parecía una foto en sepia que respiraba despacio. Barrigón en exceso, diabético, con las piernas hinchadas embutidas en unas enormes y toscas botas negras, y casi ciego. Arropaba su nostalgia con la típica neblina aguadeña, con las nubes que lloraban bajito. Estaba hecho de pasado, recordando, con voz carrasposa y oxidada, su vida de arriero. Me contaba cómo los perseguía el tren con sus nuevos destinos, las carreteras con su agilidad y el cable aéreo, que hacía en diez horas lo que a él le tomaba diez días. Le cercenaron su trabajo. Le acabaron la vida. En su oficio independiente era dueño de sí mismo. Aprovechó el momento de la expansión cafetera y del inicio industrial de la región. Todo se movía en mulas y bueyes. Hizo el aprendizaje completo: empezó muy joven como “sangrero”, encargado de la comida; pasó luego a arriero y a caporal, manejando recuas ajenas, hasta que logró cumpli...

DE RAPIÑAS Y RENACERES

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  Después de la creación del Quindío en 1966, y del doloroso parto del nacimiento de Risaralda dos años después, donde los pereiranos arrancaron del suelo los rieles del ferrocarril que atravesaban su ciudad,     se desmembró el departamento de Caldas, aislando así a Manizales.   Comenzamos a sentir, como en las propagandas de Davivienda, que Manizales estaba en el lugar equivocado. Ya no era un cruce de importantes caminos, era algo diametralmente opuesto a lo que había sido en su fundación. Nos tocó refugiarnos en la cultura, y así nació el Festival Internacional de Teatro. El liderazgo de Ernesto Gutiérrez Arango, Emilio Echeverri, Carlos Ariel Betancur, Hernando Yepes y otros lo impulsó. Nació grande, y los jóvenes de entonces volvimos a soñar de igual manera. Empezamos a saber de Grotowski, Ionesco, Jack Lang y de un teatro que iba mucho más allá de un simple sitio para ver películas. Por el escenario pasaron Pablo Neruda, Mario Vargas Llosa, Ernesto Sábato y Mi...