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DESCARBONANDO MI LAND ROVER

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      Yo, como buen manizaleño, no pasé de la mula al avión sino al Land Rover. Estaba muy joven y fácilmente creía en los cuentos sobre su fácil y divertido mantenimiento.  Me hablaron de la carbonilla, acumulación de residuos sólidos de carbono que  se forman principalmente por la combustión incompleta del combustible   que afectan el rendimiento y la vida útil del motor.  La solución montañera y fácil recomendada, la descarbonada, eludiendo el costo de taller, era correr el vehículo a su velocidad máxima por mínimo diez minutos, la alta temperatura del motor debía disolver la carbonilla. Me gustó y procuraba aplicarla, según los cánones pueblerinos, cada 10.000 kilómetros de recorrido. Era un peligro, pero en Manizales era imposible de realizar por las precarias y empinadas vías. Estudiando en Medellín invité a un compañero boyacense a hacer este mantenimiento. Nos citamos a la 11 pm y nos fuimos, aprovechando el bajo tráfico, a la autopis...

LAS MANOS QUE RECHAZA TRUMP

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  La costosa nostalgia del trabajador de a pie, lejos de casa, separado de su familia y el valioso dolor del campesino labrando tierras ajenas, hoy en Estados Unidos, lo pagan con castigo.     Me lleno de tristeza al ver el miedo en los ojos de aquellos inmigrantes, cuyas manos quieren recoger cosechas y terminan esposadas. Yo tuve muy de cerca a cosecheros, su enorme angustia no me es extraña. En la finca de mi abuelo, La Arabia, llegaban muchos chapoleros en las cosechas. De Nariño, de otras regiones, desde parajes incluso extraños, a veces verdaderas tribus con nexos familiares, apoyándose en su común precariedad, aprovechando el momento de la cosecha.  Eran bienvenidos y se repartían en las numerosas casas de los agregados de la hacienda, en grupos de diez, doce, catorce, y se lograba cierta comunidad, evitando la áspera relación que se daba en otras fincas importantes que hacían grandes campamentos para alojarlos, sin relación alguna con los empleados tradiciona...

Historia Sagrada

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  Rafael Arango Villegas, el ingenioso humorista manizaleño, en su escrito “Como narraba la historia sagrada el maestro Feliciano Ríos”, con sabor localista propio de su pequeño mundo regional, humaniza a Dios al modo paisa y nos cuenta historias del Paraíso Terrenal, de Adán y Eva. Deliciosas de leer. Con frecuencia las recuerdo. En un amable espacio de mi juventud, iluminado generosamente por el aguardiente Cristal, un contertulio revivió esa forma de narrar la historia sagrada. Repetía, de Rafael Arango, que las mujeres están en este mundo porque a nosotros, los hombres, nos dio la gana. Porque nos dio lástima de ellas y le dijimos a mi Dios que las hiciera. Él no había pensado ni por un momento en ellas. Este mundo estaba organizado para funcionar con hombres. Nada más que con hombres. Pero Adán, de puro majadero, se puso a pedírselas a Dios. Le dijo que le diera una compañera, y vea la “nadita” que nos acomodaron encima, después de lo sabroso que estábamos así solos. Mi conter...

LO QUE EL MARMOL CALLA

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  Viví muchos años cerca del Parque Caldas, en Manizales.     Un sitio tranquilo, con árboles frondosos, la iglesia de la Inmaculada a un lado y un guadual espeso al fondo. Cuando la ciudad se cubría de neblina, como si estuviera llorando, todo el parque parecía borrarse por un rato. Allí solía ver a un hombre mayor, siempre elegante. Pasaba largos ratos leyendo en una banca junto al busto de su padre, Jesús María Guingue, un reconocido educador. Se quedaba mirándolo en silencio o le hablaba en voz muy baja. Parecía tener conversaciones con él, como si esperara alguna respuesta. Lo conocía desde niño. Vivía frente a mi casa, en un apartamento de ambiente distinguido, lleno de libros. Era amable y siempre tenía tiempo para compartir lo que sabía. Yo pasaba horas en su biblioteca. Me dejaba leer lo que quisiera. Un día, entre los estantes, encontré un libro que me desconcertó:  El arte de simular la virginidad .  Quedé escandalizado. Con mil preguntas que por...

LA CASA DE MI ABUELA

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Al morir mi papá, contando yo con cuatro meses de edad, mi mamá se fue a vivir con sus dos hijos a la casa de mi abuela materna, María Gutiérrez Mejía, en Manizales. Vivían con ella sus hijos Arturo y Luisa, y pronto llegaría mi tía Leonor al quedar viuda y sin hijos. Siempre había numerosos "arrimados" como nosotros: hijos y parentela con problemas económicos, con dificultades, primos estudiantes, muchas visitas de Aguadas la tierra de origen, todos bien recibidos gracias a una política de puertas abiertas, a pesar de la estrechez económica.    La casa, entre austera y pobre, era grande, vieja, con dos patios, solar, un largo zaguán de entrada con cuadro del Sagrado Corazón y sus veladoras al fondo y un gran subterráneo. Todo muy tradicional, semirural.   En el sótano de poca luz y lleno de viejos e inútiles cachivaches, había un cuarto muy especial de uso privado de mi tío Arturo, para sus desafortunados desahogos pictóricos: por años pretendió aprender a pintar, sin lo...

EN LA JORGE ROBLEDO

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  Arturo Jaramillo rodeado de sus alumnos. ¡Busquen a Luisito!   Hice mi primer año de primaria en Manizales, en la escuela pública Jorge Robledo, donde trabajaba mi tío Arturo como maestro. A veces pienso que él era el rector. Me impusieron la asistencia obligada a dicha escuela, como remedio a mis desplantes altaneros con los primos aguadeños a quienes sentía demasiado campesinos. Además, por ser gratuita, ayudaba al presupuesto familiar.  Fue una vibrante y pintoresca experiencia. Era una escuela mediana, de muchos alumnos, donde el calzado era poco frecuente. Casi todos iban a "pie limpio". Hacíamos largas filas diarias para entrar ordenadamente bajo la mirada fiscalizadora de los profesores exigiendo aseo. No importaban los remiendos, ni lo usado del traje, pero si la pulcritud. Quien no aprobaba el examen era puesto delante de todos los alumnos y bañado públicamente con manguera. Suena bárbaro, pero era eficiente. Luego del primer día, el baño público fue prácticame...

ESCUELA DE GABRIELITA PUERTA

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      La Escuela de Gabrielita Puerta, situada en una vieja construcción del tradicional barrio de los Agustinos en Manizales, fue mi jardín infantil. Las clases eran en unos “bajos” con instalaciones mínimas y pobres.     Una construcción en un primer piso, semienterrada, para aprovechar el desnivel de las calles. Lo grande allí era el espíritu alegre de Gabrielita y los múltiples recursos de su imaginación para mantenernos felices.      A mí me recogía y llevaba una señora que hacía lo mismo con otros niños vecinos y luego nos entregaba en nuestras casas. Todo era muy simple. Lo difícil era el recorrido hacia allí, por las calles increíblemente pendientes de los Agustinos.   Conservo un amable recuerdo de mi mal llamado “jardín”. No merecía este nombre porque en su estrecho patio, casi sin sol, no crecía nada.   Pocos recuerdos precisos, pero con una remembranza de alegría. De la sonrisa de mi profesora. De los trabajos nimios, hechos ...