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PAGO POR ASCENDER

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Luego de mi expulsión de las residencias universitarias pasé más de un año de trashumante, de “arrimado”, en varios apartamentos. Carlos Albán Muñoz, un buen amigo de la facultad perteneciente a una linajuda familia de Popayán, me hizo una curiosa propuesta. Pasarme a un excelente apartamento, en pleno barrio Prado, con servicio doméstico uniformado, buena alimentación con vino incluido, pagando lo mismo que cancelaba en un típico apartamento de estudiantes. La acepté sin dudarlo.  El origen de la propuesta nacía de un joven rico, conocido de Carlos, recién trasladado a Medellín como gerente de la sucursal local de una exitosa empresa de su familia con sede principal en Bogotá. Rollizo, anodino. Tenía anhelos y real necesidad de buenos contactos, para escalar en la pirámide social, y de compañeros que le ayudaran en ese ascenso. Carlos era un exitoso donjuán, con varias novias, algunas en Bogotá, y vivía muy agradecido porque yo le manejaba la correspondencia. Le servía de “secreta...

NO TRAJO EL TROMBÓN

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    Recién llegado a Medellín para estudiar zootecnia viví en las residencias universitarias situadas dentro del campus, un hermoso edificio bien dotado, buenos servicios y de bajo costo. Para los “primíparos” ofrecían habitaciones para dos personas, emparejadas al azar, y esto traía sorpresas. Inicié de compañero de “Calarcá”, un inquieto e inteligente quindiano de extrema izquierda. Lo difícil no fueron las diferencias ideológicas, sino los comportamientos rutinarios.  Yo estudiaba de noche. Calarcá lo hacía de madrugada. Ponía un insufrible despertador metálico de dos campanas, que empezaban a repicar a las cuatro de la mañana y a retumbar caminando por el escritorio de acero que le servía de caja de resonancia. Me envolvía en las cobijas, trataba de soportarlo y de volverme a dormir lleno de furia. Una rabia que palidecía cuando Calarcá se incorporaba a coger bruscamente el reloj con sus dos manos, mientras lo apagaba gritando, “Hoy no, hijueputa, hoy no”. Entonces no...

CASI PIERDO LA VIRGINIDAD

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         A mediados de los años 60 comencé a estudiar zootecnia en Medellín. Un lugar favorito de parranda era La Cuna de Venus. Frecuentado por la clase alta, enclavado en la zona de recreo más apetecida, cerca de La Ceja.  Ofrecía a sus visitantes la posibilidad de actuar en un buen escenario, el cuál ocupábamos con demasiada frecuencia, desinhibidos por generosas dosis de aguardiente y por contar en nuestro grupo de amigos con las hermanas Simone ,Sandra y Laureen, barranquilleras con hermosas voces y hábiles con las guitarras. Ellas eran presentadas, pomposamente, por un excelente maestro de ceremonia, Fernando Lema, mi compañero de apartamento. “ Ahora con ustedes las hermanitas Sister, hijas del general Electric ” y esto era de no terminar, siempre el público pedía que siguieran actuando y enviaban botellas de aguardiente para la mesa.  Yo no tenía tanto éxito y era presentado como “ la voz de las veredas ” o “ la voz del recuerdo ” de acuerdo al...

MARRANADAS

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               A todos nos han hecho “marranadas”. No son para recordar. Hoy los invito a recrear un pasaje muy importante de la cultura paisa. Una deliciosa matada de marrano. Los invito a una deliciosa marranada. Desde niño las viví en “La Arabia”, la finca familiar. El día más peligroso para los cerdos era el seis de enero, fecha oficial para su sacrificio. Los niños colaborábamos desde el día anterior recolectando los helechos donde acostarían al marrano, para hacer una pequeña hoguera y tostar su piel. La más inolvidable “marranada” fue cuando mis tíos “mataron” al marrano y lo pusieron al supuesto difunto a chamuscar en su cama de helechos, cuando dio un potente chillido y salió corriendo. Casi no lo atajan. Aún nos estamos burlando de los matarifes. Todos los años, mi tío Hernán nos invitaba a su infaltable "matada de marrano". Una larga ceremonia paisa que él procuraba respetar. Iniciaba con un juicio verbal sumario al pobre cerdo. El fisc...

HASTA EL ORO DERRITIÉNDOSE

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    Corría el año 1990 y estaba la familia Londoño reunida en La Dorada para celebrar los cincuenta años de casados de mis tíos Jesús y Mercy. Sufríamos una tremenda ola de calor, habíamos alistado una obra de teatro y yo pensaba que era difícil actuar en el bochorno. Hasta el oro de las bodas se estaba derritiendo. La habíamos preparado por largo tiempo en amenas reuniones en el apartamento de la tía Laura.  Un excelente anticipo, con mucha participación. El tema central fue una obra colectiva describiendo la vida matrimonial de los Willamson Londoño. Eran un delicioso caos, todos queríamos aportar y por fin pudo consolidarse. La obra la titulamos: “Los cincuenta años” y decíamos que era un auto sacramental de seis actos similar a los de Calderón de la Barca y hasta le pedimos “autorización eclesiástica” a Octavio Peláez, el primo cura. En La Dorada ya la teníamos montada cuando comenzamos a gozar la celebración. Al final pensé, que, como en el boxeo, fueron mejores...

NACE “MACHAQUITO”

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  Lleno de recovecos, en el Sonsón de 1960, el viejo hospital tenía tantas camas como sorpresas. A la parturienta le recomendaron caminar para acelerar el parto. Mi hermana cumplía esta orden y, y de regreso a su habitación, abrió la puerta del cuarto contiguo para que se le aceleraran las contracciones, adentro un espacio gris lleno de ataúdes. El parto natural, a pesar del tremendo susto, se demoraba en exceso. Su marido y yo, el aspirante a tío, presionábamos al médico por alguna droga que lo acelerara y él se negaba porque juzgaba que la dificultad era que a mi muy joven hermana le daba miedo pujar. Eso era cierto porque las viejas del pueblo le habían dicho y repetido que a una señora del lugar se le había reventado un ojo por hacerlo. A pesar de los temores y de la ausencia de droga, llegó la primera nieta y la abuela materna la bautizó, inmediatamente, como “Machaquito” por su nariz roja, muy llamativa en su cuerpo diminuto. Era tan pequeña que todo el precioso ajuar tejido ...

A CUBA POR EL CAMINO DE HERRADURA

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    El camino largo y Cuba la hacienda de Don Pablo Estrada y Doña Sofía Duque, ambos nativos de Aguadas. Mi mamá era de allí y los nexos aguadeños enriquecieron mí vida. Gente amable, culta, alegre, de gran sentido musical. Para mí el mítico Putas de Aguadas no podía ser un personaje pendenciero que les ganara a todos a machetazos sino a golpes de ingenio, buenas coplas y algo de aguardiente. Fuimos familias amigas que nos veíamos con frecuencia. En el año 1956 nos invitaron a su finca Cuba. Las vacaciones eran largas, el sitio apartado. Exigía llevar muchas provisiones. Era necesario protegerlas para el viaje “trifásico”, en carro, tren y mulas, y para ello usaban fuertes cajones, de grandes herrajes, utilizados para importar huinches, herramientas agrícolas para desmalezar, de marca Remington desde los Estados Unidos. Eran de maderas livianas y fuertes y de el tamaño preciso para cargarlos en las mulas. Todos llevaban, marcado al fuego, el nombre de la famosa armería. ...