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PITO´EVIEJA

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    Éramos adolescentes en Manizales y a muchos nos advertían de no pasar frente al almacén Norge, lleno de electrodomésticos, que quedaba cerca de la Catedral Basílica. Su dueño era un insinuante y activo homosexual apodado Pito´evieja.  Un comerciante exitoso que no ocultaba su preferencia sexual, la cuál le motivaba insultos y presentaciones en las estaciones de policía. En una de tantas el inspector le inquirió si había sido él quien le había ofrecido, al menor que lo había denunciado, mil pesos para acompañarlo a su cuarto. Briosamente lo afirmó sin tapujo alguno y coronó su intervención asegurando que la propuesta seguía en pie. Tenía valor civil e indolente descaro. Conservador activo acompañaba a los grandes próceres godos locales a muchas de sus correrías. Estaban en Pasto ante un auditorio frío, ausente. Las peroratas grecocaldenses no les llegaban a su corazones.  Pitoévieja, afanado, arrebató el micrófono y con verbo incendiario puso a palpitar la pl...

RENATA

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  Viví mi adolescencia alrededor del Parque Caldas en Manizales. Los lunes, en un ritual gastronómico, pasaba a la Salchichería Alemana donde Míster Albóndigas, en una esquina del parque, para devorarme una deliciosa albóndiga, el producto estrella de la salchichería. Indudablemente lo mejor del sitio no era lo que yo pedía. Era Renata la preciosa hija del dueño Oscar Hainsfurth y su esposa Clara. Rubia, de ojos claros y un hermoso porte germánico que nos deslumbraba. Era de esperarse. Renata era una clara excepción al tipo de belleza antioqueña imperante. Renata con Helga Schweineberg,   una atractiva pelirroja, hija de Don Carlos un excelente músico alemán y Mariana Hauss, rubia de ojos azules, hija de Don Federico quién echó raíces en Manizales, conformaban el trío que nos permitía soñar con la belleza nórdica. Trasnocharon a más de un amigo. Yo estaba muy joven para pretenderla, pero Renata era un polo de atracción para ciertos grupos de jóvenes distinguidos del entor...

EL ENANITO DE RISARALDA

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  Adela Mejía, mi profesora, me ilusionaba con escribir y me pedía un cuento. El que escribe no tiene límites, me repetía.   Solo se me ocurrían cuentos campesinos. En Manizales las casas aún estaban muy cerca de los potreros. Yo no quería anclarme en el costumbrismo y solo se me ocurrían narraciones que olían a yerbabuena, que sabían a aguadepanela con queso, que hablaban de mulas y arrieros.  Los enanitos son seres amables, salvadores, y vino a mi memoria uno muy especial, el enanito de Risaralda. Me ayudaría en la tarea de mi profesora. Lo conocí desde mi primera infancia, nos visitaba cada año en la finca de mi abuelo.  Como buen enanito era pequeño, estaba viejo y sus arrugas reflejaban su paisaje nativo, sus recuerdos. Entonado con un aguardiente arrancaba: Ayer con un compañero compramos una panela y nos fuimos pal potrero en lugar de ir a la escuela. Todo el día lo pasamos cogiendo sapos y ranas, que es mejor que geografía que aritmética y que planas. A un so...

POR UNA CABEZA TODAS LAS LOCURAS

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     Habíamos llegado a Abiyán, en Costa de Marfil, para visitar a nuestra hija Alicia  María que trabajaba allí con la Cruz Roja Internacional. Quería abrazarla y conocer  algo de la mítica Africa. Salir a conocer Abiyán fue sorprendente. Una ciudad de más de tres millones de habitantes con un centro moderno, asfixiada por tugurios, con una hermosa y moderna catedral católica. Una gran iglesia anclada a una cruz enorme que aparenta arrastrarla con grandes cables. Un profundo símbolo.    Asistimos a la misa dominical maravillándonos por la elegancia de todos los asistentes, con hermosas túnicas de colores y los lugares principales ocupados por militares con uniformes de gala. La música y el canto eran melodiosos y con sabor africano, no gregoriano. Todos participaban activamente con voces armónicas y al llegar a la comunión se mecían rítmicamente creando un sorprendente espectáculo.   Otro día, después de almorzar salimos a recorrer el centro...

DONDE DESPUNTÓ MI JUVENTUD

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     Mi juventud despuntó en Manizales, una pequeña ciudad a horcajadas sobre la cordillera central, envuelta en preciosos atardeceres que la pintaban de rojo y naranja, en un paisaje dominado por la altiva presencia de cumbres nevadas y la omnipresencia del café. Todo era café, no había nada fuera de él. El grano, su abundancia, la oportunidad de la cosecha y el precio determinaban la vida.  Para transitarla era necesario tener un tremendo estado físico. Pareciera que muchas de sus empinadas calles hubiese sido mejor pintarlas con rodillo, como a una pared, antes que pavimentarlas. Manizales ofrecía aceras transformadas en peldaños para transitar por ellas. Inclinadas cuestas que permitían un punto de vista para observar, un poco más de lo aceptado, debajo de las faldas de las jóvenes que habían iniciado antes la pendiente. Los detractores de la ciudad afirmaban que allí todos los carros se volvían morados, forzando sus motores semiahogados, por subir y subir, resba...

A MI PAPÁ LO MATARON UNOS PIELROJA

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Era un recién nacido y estaba al lado de mi padre. Ni él ni yo percibíamos la cercanía. Mi edad y su cáncer de garganta terminal nos hacían ausentes el uno del otro. Él arrastraba una fuerte adicción al cigarrillo y fumaba inmisericordemente, y yo acababa de venir al mundo con el telón de fondo de una obra triste y sombría.  Murió en Manizales en 1944. Yo tenía cuatro meses. Cuando nací toda la familia estaba en tensión, inmersa en una nube gris por la gravedad de mi padre y mi presencia los abocó al tremendo contraste entre los extremos de la vida. Casi pasan por alto el tradicional bautismo católico y mi abuela paterna, afanada y prácticamente sola, me llevó a la catedral vecina donde el párroco era su amigo y, a las carreras, me impusieron un pesado nombre: Carlos Augusto Justiniano. Al llegar a la casa mi mamá, entre lágrimas, les reclamó por no haberme puesto el nombre de mi papá que se estaba muriendo. Siempre me llamó Luis como a él, e impuso su criterio. En cierta form...

BAR MEDIA NOCHE

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                       En mi juventud me pude sentir  cerca de Buenos Aires sin conocerla, como si disfrutara de su ambiente. Situado en Manizales, en la 16 con 16, en pleno barrio de los Agustinos, “El Carangal”, de hondas cañadas y casi intransitable, era donde los padres agustinos habían comprado un barranco en el año 1903. Con gran esfuerzo por la difícil topografía, y la colaboración de los presos municipales obligados a trabajos forzados, construyeron su convento y su templo. A su sombra se construyó el empinado barrio. Por allí pasa la procesión de la Macarena para darle recibo a la feria taurina y los manizaleños con ganas de vivir un ambiente de tango. Alguna vez cruzó esas calles el niño Luis Londoño para asistir al Jardín Infantil de Gabrielita Puerta. Cuando joven me atraía un antiguo bar allí, con una gran penca de sábila,  fijada detrás de la puerta y  apoyada en una herradura con tre...