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EL CAMINO ETÍLICO

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  “La civilización comienza con la destilación.”  William Faulkner.   -    A lo único que hay que tenerle miedo es a una escasez de trago. -   Me imagino que mi chupo de bebé alguna vez mis tíos lo empaparon en el aguardiente o en el ron que estaban tomando. Hoy no me horroriza. Era una costumbre de una sociedad agrícola, elemental, donde se resaltaba el papel del hombre y así pretendían transmitirme, míticamente, energía masculina.    Por mucho tiempo la necesidad de la leche no dejó espacio para nada más. En las fiestas infantiles el vino era para las señoras y los brindis. A pesar de estas limitaciones, mi primera rasca fue con una botella de vino que escondimos con un primo debajo de la mesa principal, protegidos por los amplios manteles que llegaban hasta el piso. Al salir eufóricos y trastabillantes arrastramos el mantel derribando copas, adornos y el preciado ponqué de la celebración. Toda una tragedia.   En la adolescencia aparecieron...

DESCUBRIR EL CIELO

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  Muchos no la han disfrutado. Yo nací en Manizales y pasaba mis vacaciones en Aguadas. La neblina era parte de mi vida. Salía de mi casa y descubría que mis brazos alcanzaban más lejos que mis ojos. He abrazado la niebla, he logrado caminar en la penumbra, sostenerme del aire que respiro y avanzar con la mirada fija en los pasos que, uno a uno, me conducen hacia un horizonte que no percibo. Hugo Cuevas-Mohr. Descubrir algo a pleno sol no deja espacio para la imaginación: todo es demasiado claro. En cambio, al caminar por la Manizales enneblinada no podía precisar las imágenes y, gracias a mi capacidad de ilusionarme, muchas veces creía intuir a aquella paisana linda que me gustaba; sin embargo, más de una vez, la que encontraba me daba susto. Otras veces, desde mi ventana, cercana a la funeraria “La Equitativa Económica, Cultural y Deportiva”, veía pasar su carroza fúnebre y, en mi niñez, pensaba que la neblina acompañaba bien la tristeza de la partida. Pasaban llorando y terminab...

NEBLINA EN LOS OJOS

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  En 1969, sentado en un viejo sillón de vaqueta en el corredor de la finca de mi abuelo en Manizales, me sentía triste. Pensaba qué tango debía escuchar para acompañar mis sentimientos y en unos rones que ayudaran a desentrañarlos. Me gusta el tono gris que el alcohol le da a la melancolía. Mis tíos habían decidido liquidar la sociedad Londoño Hermanos, propietaria de la hacienda. Con mi hermana Berta, socios minoritarios, habíamos tomado la decisión de quedarnos con algo de terreno. Me ilusioné y comencé a imaginar una nueva vida campesina. Con mi tío Hernán Londoño, reunidos en Villanueva —su finca cafetera—, traté de ponerle cifras a esas ilusiones. Eran cuentas apretadas, pero Hernán, cultivador de muchos años, me animó y remató con una frase contundente: —Mire bien, sobrinito: yo, con mi gran familia, de aquí he comido y he bebido. Se concretó un terreno para nosotros, pero mi hermana no estuvo de acuerdo. Lo que me correspondía estrictamente era demasiado pequeño para conver...

METIDO EN UN BENEFICIADERO DE CAFÉ

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    Dejé de ser niño y de jugar en la molienda. El tiempo pasaba, la panela también, y el café había llegado a La Arabia. Fue un largo proceso de transformación. Ya no endulzábamos: despertábamos. El cambio comenzó a hacerse visible con un mediano beneficiadero de guadua, adosado a la casa principal de la hacienda. El toque mágico consistía en recorrer los corredores de la casa repletos de café oreándose, es decir, terminando de secarse. Nadábamos en café, hacíamos torres de café. Olíamos a café. Llegaron muchas familias nuevas. El café exigía más personal. Eran treinta y cuatro casas de agregados, cada una con su campamento y sus cafetales asignados. El mayordomo era el patrón del corte y dirigía todos los trabajos. Aquello era un verdadero pueblito. Conseguir personal era prioritario, y algún tío decía, en broma, que perseguían a los enanos porque el café «caturra», que comenzaba a sembrarse, era de porte bajo. Cambió hasta el sonido. Dejaron de pasar continuamente las mulas...

METIDO EN LA MOLIENDA

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De niño iba a La Arabia, la finca de mi abuelo, que en ese entonces era una hacienda panelera que tenía un aire muy propio. De llegada, y antes siquiera de verla, un olor delicioso y dulzón me recibía con ánimo la visita. En la estrecha carreterita de acceso nos encontrábamos con largas recuas de mulas cargadas de caña. Todos los días trabajaban unas ochenta. El arriero, afanado y sudoroso, nos saludaba con amabilidad. De pronto, había que cerrar apresuradamente, con la manivela, el vidrio del carro ante alguna inoportuna abeja. Si era el final de la tarde, en el gran patio de piedra, frente a la molienda, veíamos las mulas ya descargadas revolcándose sobre las piedras, rascándose el dolorido lomo, mientras escuchábamos una larga cadencia de pedos estruendosos. Allí aprendí el significado de la expresión “más apretado que pedo de mula”. Estar en la molienda, era el reconocimiento de una especie de mayoría de edad que nos otorgaban a los siete años. Antes no podíamos visitarla solos. Po...

MI MAMÁ PASTORA JARAMILLO GUTIÉRREZ ( simplemente, Pastorita).

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  No necesitaba apellidos en Manizales. Era una verdadera institución, con criterios y comportamientos muy propios e independientes, que muchas veces chocaban con los del mundo godo que la rodeaba. De pocos rezos, muchas canciones, buenos aguardientes y una apertura social poco común, particular para su medio y para su condición de viuda. En aquella época, las viudas solo podían rezar, tejer y cuidar de sus hijos. Consagrarse a la ausencia. Por mi casa pasaron y en ella celebraron personajes encumbrados y campesinos. Pastorita era capaz de recibirlos al mismo tiempo, sin que nadie se sintiera incómodo. En sus famosas y magníficas tertulias musicales, el único requisito para participar era el amor por la música. Llegaban personas de toda índole: músicos prodigiosos, estudiantes venezolanos —muy comunes entonces— y hasta homosexuales, algo impensable en nuestro medio conservador. Toda la fauna bohemia de Manizales, incluidos el dúo de moda, bailarines de tango y declamadores, pasó po...

MI TÍA LEONOR JARAMILLO DE PELÁEZ

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  Me sorprendían sus gesticulaciones al hablar, y yo me preguntaba por qué hacía tantos “miñocos”. De niño, la definía simplemente como la tía de los miñocos. Estuvo casada con un amable abejorraleño barrigón, dueño, en sociedad con sus hermanos, de una buena ferretería en Armenia la cual administraba. No tuvieron hijos. Alcancé a pasar algunas vacaciones con ellos. Vivían en el piso superior de la ferretería y, en una época aciaga marcada por la violencia, sus contradictores políticos le prendieron fuego al negocio. Aquello los afectó profundamente, y a mi tío se le agravaron los problemas de salud. Leonor quedó viuda y se refugió en Manizales, como ya lo había hecho mi mamá con sus dos hijos, en la casa de mi abuela María. Era una mujer demasiado formal. Para completar, no le gustó el novio que tuvo mi mamá en algún momento, y se lo hacía notar. Pero a ella, con su tremendo ánimo, poco le importaba. Leonor fue una excelente profesora de mecanografía y taquigrafía en horario noctu...

MI TÍO ARTURO JARAMILLO GUTIÉRREZ

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Arturo Jaramillo encarnaba plenamente al personaje de una conocida poesía satírica de Francisco de Quevedo: “érase un hombre a una nariz pegado”. Tenía cráneo grande para su mediano tamaño, facciones bruscas, ojos verdosos y saltones. Él anotaba que parecía pescado con taco de dinamita. Era una especie de amable caricatura ambulante. Siempre alegre, ácido, de respuestas inmediatas y cómicas. Con talante liberal y poco religioso. Fue profesor de primaria, lleno de imaginación y con una profunda vocación de maestro. De él hay mil anécdotas, algunas incluso publicadas en el periódico regional La Patria por un cronista especializado en revivir personajes. En una de ellas cuenta que alguna vez dicho periodista se topó con Arturo, quien estaba organizando un viaje. Él le comentó que salía urgente para Aguadas porque su hermana Raquel se estaba muriendo. A los pocos días volvió a encontrárselo y le preguntó sobre el tema. Arturo le respondió: “perdimos el viaje, la Raquel no se murió nada”. P...

MI TÍA MERCY LONDOÑO LONDOÑO

Ella siempre fue atrevida. Iba adelante. Estudió cuanto pudo en su ciudad: educación formal, clases de pintura y de violín. Mi tío Arturo Jaramillo afirmaba que, a Justiniano Londoño, mi abuelo, le habían impuesto una multa por los ruidos extraños y a deshoras producidos por aquella aprendiz de violinista. Sin embargo, para ella lo principal fue la educación práctica que Justiniano imponía a sus hijos. Les organizaba detalladas excursiones de acuerdo con sus edades. Mercy viajó, junto con sus hermanos menores, a Cartago y luego a Buenaventura para conocer los trenes y los barcos. Justiniano les hacía explicar cómo funcionaban, la importancia del vapor, de las vías y del comercio. Ella disfrutaba pidiendo que la dejaran pitar, tomar el timón, observar los cargues y descargues. Años después les decía a sus nietas: —Aprendía mucho, pero no entendía nada. Llegó entonces la tremenda crisis de 1929-1930 y la economía de guerra al hogar de los Londoño. Sacaron a los hijos del colegio. Mercy n...

MI TIA LAURA LONDOÑO LONDOÑO

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Ella vivió casi toda su vida en Bogotá. Cuando era niño la encontraba fugazmente en mis escasos viajes a la capital. Para mí, con el tiempo, se transformó en un ángel. Apareció radiante en mi matrimonio en Girón, en un momento especialmente difícil. Acababan de liberar a mi tío Fernando de su secuestro y ella, junto con su esposo, fue la única representante de los Londoño. Ya antes me había hecho sentir su manto protector al invitarnos a pasar nuestra luna de miel en su preciosa finca de Fusagasugá. Fueron días largos y dulces, llenos de atenciones y con todos los gastos pagados. Yo solo tuve que poner la novia. En Bogotá nos ayudó en nuestros trasteos y solucionó un asunto fundamental: conseguirnos empleada de servicio. Así llegó Toñita, una mujer excepcional que terminó ganándose el cariño de mis hijos. Durante un tiempo también nos acogió en su casa mientras arreglábamos la nuestra. Fue una maestra de la prudencia, del vivir la enseñanza bíblica de “que tu mano izquierda no sepa lo ...

MI TÍO HERNÁN LONDOÑO LONDOÑO

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  Era el menor de los dieciséis —sí, dieciséis— hijos de Justiniano y Mercedes. Alto, bien parecido. Las compañeras de María Victoria, su hija mayor, buscaban invitarse a su casa, con cualquier disculpa, para mirarlo. Sin ínfulas aristocráticas ni intelectuales, sencillo y siempre dedicado a sus labores agropecuarias. Este ejemplo retrata bien su temperamento: alguna vez un primo, el cura Octavio, en una reunión familiar, decidió mostrarnos en detalle nuestro árbol genealógico. Allí aparecía que el primer Londoño en llegar a Colombia había sido un importante propietario de tierras y esclavos: don Juan de Londoño y Transmiera. En medio de aquella solemnidad, Hernán comentó: —Ahora tengo claro que descendemos de “Transportes Mierda”. Siempre tuvo un espíritu alegre y positivo. Así afrontó la pérdida de dos falanges de su dedo anular derecho en un accidente en la finca. Afirmaba que aquello le había hecho ganar dinero: cuando iba a comprar algo, sacaba la mano derecha con la palma ext...

MI TÍO LEÓN LONDOÑO LONDOÑO

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  El 25 de abril de 1944 salía solemnemente de la Catedral de Manizales la pareja que aparece en la foto realmente recién casados. Sorprendentemente, no se dirigieron a su fiesta de matrimonio, sino a la cercana casa de mi padre, quien estaba a las puertas de la muerte a causa de un cáncer. Yo era apenas un recién nacido. Fue una hermosa y triste despedida que mi madre jamás olvidó. Mi tío León fue un importante caficultor. Gracias a su trabajo cuidando la herencia de los Londoño en la hacienda La Arabia, pude contar con apoyo económico para realizar mis estudios y establecerme en Bogotá. Le estoy agradecido, aunque me resulta difícil desprenderme de la imagen temible que tenía de él en mi niñez: la del odontólogo que me atormentaba intentando arreglarme un diente partido, con unas manos que yo sentía enormes para mi pequeña boca y que, además, se daba el lujo de regañarme cuando brincaba, precisamente porque era mi tío. El diente partido fue cortesía de mi primo Oscar Williamson, ...

MI TIO FERNANDO LONDOÑO LONDOÑO

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                                                                                                     Yo quedé huérfano de padre desde la cuna. En Manizales, en mi infancia, era usual denominar a los niños apoyándose en el nombre de su padre. “ahí va el hijo de fulano”. Ante el vacío se referían a mi como “ahí va el sobrino de Fernando”.   Con semejante advocación me tocó ser muy cuidadoso. Tenía que reflejar a un emblema de cultura y civismo y me era difícil. Para completar Fernando Londoño hijo estud...

MI TÍO LEONIDAS LONDOÑO LONDOÑO.

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    Para muchos era Don Leo, un importante dirigente cafetero. Para mí era mi tío. Era visita obligada en mis escasos viajes a Bogotá. Creo tenía algo de interesada por andar siempre con limitados recursos. Al graduarme de zootecnista vine a parar en Bogotá y pude tener con él cercanía. Sus comentarios aprendí a recibirlos con beneficio de inventario para podarlos de excesos, y a aceptar sus órdenes sin comentarlas. Autoritario le encantaba darlas. Siempre lucía su sentido práctico, sin arandelas retóricas. Llamaba pan al pan y vino al vino y aprendí a no contradecirlo. Eran conversaciones muy agradables. Por mi apego a temas familiares le picaba la lengua. Hablábamos de Justiniano, mi abuelo, y su seca respuesta cuando Leonidas le contó que quería dejar de estudiar en Popayán: “Amplio es el mundo y hombre es usted”. No le mandó un peso para devolverse. Volvió a Manizales para trabajar en La Arabia, una de las fincas de Justiniano. Por muchos años dirigió el Comité Nacional de...

ME SACAN A VIVIR JUICIOSO

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Finalizando mis estudios de zootecnia estaba en el departamento de Nariño, en una excursión sobre ovinos. Estaba tan lejos que no pudieron informarme oportunamente de la muerte de mi mamá. No alcancé a llegar al entierro. Llegué a Manizales estrenando desamparo, y allí pude cobijarme bajo el manto protector de mi novia, Carmen Alicia. Fue un oasis. Me permitió volver a soñar. Luego, la vida normal —marcada por la ausencia materna— me atropelló. Comencé a sentirme como corcho en remolino, sin dónde anidar, perplejo. Dejé las cosas heredadas en la casa de las tías Jaramillo y regresé a mis estudios en Medellín. Al llegar, me buscaron mis mejores amigos, pero notaba que me ocultaban algo. Al fin me lo contaron: según ellos, cronológicamente yo ya debería estar casado con Carmen Alicia. Durante mi excursión ovina, habían enviado muchas tarjetas de invitación a mi supuesto matrimonio a cuanto familiar y amigo pudieron recordar. No encontraron peor momento para su chanza y querían que se los...

SEGUNDO ALIENTO

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Lo que mejor revela a un hombre es la mujer que elige.  (José Ortega y Gasset)   Comenzaba a estudiar en la Universidad Nacional de Medellín. Venía de un año que había sido básicamente un año perdido y fui capaz de sentir remordimiento. Traté de ajuiciarme y meterme a fondo en mi Zootecnia La razón de estos cambios positivos, de este segundo aliento, tenía figura de mujer. Un compañero de estudio, quien vivía en Bucaramanga, me invitó a la importante feria ganadera de esa región. Era un poco más joven y lo habían convidado a una fiesta para celebrar los 15 años de una amiga. La quinceañera, al enterarse de que tenía un compañero de estudios en su casa, muy amablemente me llamó a invitarme. Algo ineludible. Yo pensaba que no me habían gustado mucho dichas fiestas, y a mis 22 años las miraba como retozos infantiles. Por cumplir, llegué puntualmente a la fiesta. Felicité a la quinceañera y me senté donde pude, sin conocer a nadie, ansiando un buen trago para animarme y calmar la ...